[Audiorelato] El momento de la cosecha

El momento de la cosecha

por Shiannas

 

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Ilustración creada por: @carloswk

Tras una larga espera, nos hemos ocupado de uno de los relatos no oficiales. Una trama creada por Shiannas, que desde hace unas semanas, llevamos siguiendo compuesta por el clan Sangre Umbría y Errantes del Ban’dinoriel.

Es el inicio de cómo comenzó todo, de cómo la Dama Umbría comenzó a tejer su telaraña y a dar fruto todos los planes que había urdido con antelación.

Doy un especial agradecimiento por confiarnos su relato en Radionovelaswarcraft.com y hacer que cobre vida poniendo las voces de los protagonistas.

Han intervenido en este relato:

Narrador cabecera: Juan Fran Lopez-Andujar
Narradora: Miriam Gigante
Shiannas: Noemí Berna
Partemontañas: Jose Manuel Teira
Teslyn: Carmen Álvarez
Serana: Cristina Ayuso
Meridia: Desiree Álvarez
Deroail: David Muñohierro
Denoroth: Pedro J. Sanchez
Valeenar: Jesús Riopa

Dirección: Miguel Alonso Lois y Miriam Gigante
Edición de sonido: Miriam Gigante

 

1º Audiorelato del ganador del Concurso de relatos 2019

Este audiorelato, forma parte de los premios que quisimos hacer este año 2019 como uno de otros tantos que esperamos hacer en un futuro. De todos los que nos enviaron, este nos pareció el mejor, por lo tanto, esperamos que os guste.

Próximamente, habrá una pequeña machínima también del relato ganador.

Han intervenido:
Archaux: Abraham Novillo
Niña Nocheterna: Miriam Gigante
Dirección: Archi Casas
Edición de sonido: Miriam Gigante

 

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Crónicas Vol. 1 Capítulo II – El Azeroth Primordial

Con el fin de seguir relatando el Crónicas Vol. 1, hemos continuado con el siguiente capítulo. Los próximos temas, están destinados a que podáis conocer a nuestro elenco. Lo hemos llamado “El club de los Narradores”, para poder contaros poco a poco, con distintas voces, los comienzos del origen del universo de Warcraft.

Sin más, esperamos que os guste.

Cabecera presentación: Rafa Santos.
Narrador/a: Miriam Gigante.
Edición de sonido: Miriam Gigante.

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3º Ganador EL BESO DE LA PESTE por Seldune

Autor: Selcaer.

Servidor: Los Errantes/Tyrande/Colinas Pardas.

 

El Beso de la Peste

Una espesa masa boscosa lo rodeaba. Árboles de troncos podridos se doblaban hacia el suelo, como si estuviesen encogiéndose de dolor, mientras gusanos gordos y grasientos reptaban por sus cortezas resecas y roñosas. El aire era nauseabundo, y la misma tierra desprendía un intenso olor a mugre. Las flores que aún se atrevían a crecer entre aquella putrefacción lo hacían esmirriadas y descoloridas, como si un pintor desganado y melancólico las hubiese pintado de gris. No importaba donde mirase, todo el bosque parecía haber sido consumido por una enfermedad.

Verestor apretó su escudo oxidado contra su cuerpo y se agachó para evitar un manojo de ramas que le impedían el paso. Tiempo atrás su égida mostraba con orgullo la “L” del reino de Lordaeron, que relucía como la plata bruñida bajo los rayos del sol; pero ya no quedaba nada de aquel grabado ni de su pasado esplendor. Ahora, tan sólo las muescas y las brechas que le habían causado numerosos enemigos adornaban sus armas. El caballero había conocido la mordida de las espadas, de las hachas y de las puntas de flecha. Sin embargo, no era el filo de una hoja bien afilada lo que más temía, sino el invisible y cobarde toque de la Plaga.

Llevaba varios meses merodeando por los bosques de Tirisfal, rapiñando granjas abandonadas en busca de utensilios y alimentándose de ardillas, conejos, y otro tipo de alimañas que podía atrapar con sus rudimentarios conocimientos de caza. Durante el día trataba de conciliar el sueño, pero el pavor que le tenía a los monstruos que vomitaba la noche le impedía descansar. Cuando la oscuridad era más densa ellos aparecían, para recordarle que jamás podría despertar de aquella pesadilla. Los campesinos los llamaban de múltiples maneras: “andantes”, “muertos vivientes”, o de manera más sencilla, “no-muertos”. Los rumores señalaban que tiempo atrás estos seres fueron humanos como él, pero que tras consumir un tipo de grano infectado se habían transformado en criaturas monstruosas que no estaban ni vivas ni muertas.

Verestor se había enfrentado a ellos en múltiples ocasiones, pero aún así nunca se acostumbraba a su anti-natural presencia. La primera vez que vio a uno de los infectados fue en Rémol, donde él vivía. En su memoria aún permanecía enquistada la imagen de una joven menuda, de no más de veinte años, que se tambaleaba desnarigada por las calles del pueblo babeando una espuma rojiza y con la piel de la cara a medio desprender. En ese instante el caballero no tuvo estómago para abatirla, sino que se limitó a contemplarla, espantado. Sus otros encuentros con no-muertos no habían sido más sencillos, y a pesar de haber adquirido cierta experiencia en combatirlos, siempre se veía asaltado por un miedo asfixiante cuando se topaba con ellos.

Por este motivo, y teniendo en cuenta que las ciudades habían sido los peores focos de infección, Verestor las evitaba a toda costa, limitándose a recorrer las zonas rurales más apartadas de su patria. Sin embargo, a pesar de todas las precauciones que había tomado, el caballero no podía negar que cada día se sentía peor. Las aldeas abandonadas que había visitado, y los bosques marchitos que había atravesado le habían dejado huella. Había respirado el miasma contaminado, y comido de la carne de animales raquíticos y enfermizos. Por todo ello, sabía que era más que probable que la peste ya estuviera recorriendo su cuerpo, necrosándolo, destruyéndolo. Ignoraba cuánto tiempo de vida le quedaba, pero en su corazón aún albergaba la esperanza de encontrar algún refugio donde poder hallar la paz, y una posible cura para aflicción.

Con este pensamiento en mente, Verestor abandonó sus cavilaciones y se adentró más y más en la maleza, prosiguiendo con su búsqueda. Valiéndose del guantelete de acero que protegía sus brazos apartó unos zarzales de púas afiladas como puñales y divisó una pequeña apertura en la espesura. Se trataba de un claro por el que transitaba un arroyo de aguas enfangadas y negruzcas, que generaban un borboteo rítmico y depresivo a su paso. El caballero, al igual que un viajero que descubre un oasis en el desierto, se acercó al riachuelo y se dejó de caer de rodillas sobre la mullida hierba que lo bordeaba.

Al reparar en el reflejo de la superficie del cauce, Verestor no se reconoció. Había perdido mucho peso, y su rostro se observaba demacrado, con los pómulos muy marcados y las mejillas hundidas. En un acto reflejo, el hombre se llevó las manos a la cabeza, hasta que palpó las cortinas aceitosas que formaban sus largos mechones de cabello rubio, que caían lánguidos sobre su nariz aguileña. La piel, otrora tersa y bronceada se presentaba arrugada por la edad, muy pálida, e invadida por manchas y cicatrices que le otorgaban un aspecto de abandono. Su barba, la que en un día fuera su orgullo, no era más que un manojo de pelos desaliñados que se enredaban hasta llegarle al pecho. Era incapaz de engañarse por más tiempo: era la viva imagen de un infectado.

Asqueado por su propia apariencia, Verestor devolvió la atención al arroyo y se relamió los labios, secos como la arena. Semanas atrás hubiera descartado la idea de beber agua estancada por temor a contagiarse, pero dando por hecho que ya lo estaba, el caballero expulsó un bufido resignado y sumergió las manos en forma de cuenco en el frío légamo. Al sentir el roce del agua fétida en su garganta el caballero se vio asaltado por una náusea. Estuvo a punto de escupir, pero mantuvo los labios sellados, tratando de tragar. Tenía un sabor repulsivo y punzante, como si fuera una mezcla de barro y estiércol. El vómito se le acumuló en el gaznate, pero una vez más logró contenerlo y al final, consiguió tragárselo. Sabía que estaba corriendo un gran riesgo, y que era probable que las tripas se le soltasen y que su cuerpo se estremeciera de dolor, como si mil saetas se le clavasen en los intestinos; pero era la única fuente de agua que había encontrado en días y no podía desaprovecharla.

Justo en el momento en el que se disponía a dar otro sorbo, Verestor escuchó el chasquido de una rama partiéndose en la lejanía. El hombre, con el semblante asustado, se obligó a ponerse de pie al tiempo que conducía su mano derecha hacia la empuñadura de la espada, que descansaba en su vaina de cuero. Estaba empezando a anochecer y apenas podía ver las borrosas siluetas de los árboles, alumbradas por la luz rojiza del ocaso.

—¡Alto! ¿Quién vive? —preguntó Verestor con su voz áspera y ronca, fijando la mirada en la negra espesura.

El débil susurro del viento fue la única contestación que obtuvo el caballero, seguido de otro crujido, más cercano, que procedía de su lado izquierdo. Preparándose para cualquier peligro, el hombre desnudó su acero y alzó el escudo, lanzando rápidas miradas a su alrededor. Era posible que no se tratase de ninguna amenaza, y que tan sólo hubiese escuchado a algún animal salvaje que rondase por el bosque, tan perdido como él. No obstante, aquella conjetura se disipó tan pronto como la había formulado, pues una corriente de aire pestilente le abofeteó en las fosas nasales. Hedía como un cadáver en descomposición, con una nota ácida y química que le avivó aún más el mal sabor que le había dejado el agua enfangada del riachuelo.

Verestor tomó aire y cerró los ojos por un instante, para tranquilizarse. Su mente trató de recordar una de las muchas oraciones que le habían enseñado durante los oficios divinos en la iglesia, en los que se suplicaba la protección de la Luz Sagrada. Él no era especialmente devoto, por lo que algunos de los himnos sagrados los había memorizado de carrerilla y con algunos errores. Nada más apenas empezó a murmurar un versículo sagrado distinguió una figura maltrecha, encorvada, y de andar renqueante que invadía el claro donde él estaba. La criatura tenía una vaga forma humanoide, con largos brazos carcomidos por pústulas pulsantes y bubones abiertos en la cara, de los que escapaba un repugnante pus blanquecino. Aquella persona, si acaso se le podía dar semejante calificativo, carecía por completo de mandíbula, por lo que su larguísima lengua se arrastraba con torpeza por el suelo. No cabía duda: se trataba de uno de los infectados por el grano de Andorhal.

El caballero no gritó, ni suplicó la ayuda de la Luz Sagrada. Tan sólo dejó que su instinto de supervivencia fuera el que guiase su brazo. La espada que sostenía cortó el aire, produciendo un breve silbido hasta segar de un tajo limpio el brazo izquierdo del no-muerto. Lejos caer derribado, la criatura continuó su avance incólume, como si nada le hubiera ocurrido. Verestor dio un paso hacia atrás, indeciso. La mano le temblaba tanto que apenas podía sostener su hoja sin que se le deslizase por los dedos. Su mente se había quedado en blanco, olvidando de un plumazo cualquier técnica de esgrima que hubiera aprendido y practicado en un pasado. Empujado por una rabia animal, el caballero recurrió entonces a su escudo, y se abalanzó contra aquel ser inmundo para propinarle un fuerte golpe en la cabeza, que lo hizo trastabillar.

Aprovechándose de la pérdida de equilibrio de su oponente, Verestor volvió a arremeter con su escudo, apuntando una vez al más al cráneo. Un sonoro chasquido de huesos rompiéndose se apoderó del claro del bosque, para dar paso a continuación al sonido de un cuerpo desplomándose contra la tierra, exánime. El hombre se obligó a observar y encontró tendido sobre la hierba, ahora salpicadas de sesos, el rostro desfigurado del infectado. Parecía estar muerto e inmóvil, pero quiso asegurarse. Con un gesto rápido, Verestor se arrodilló junto a él y colocó el filo de su espada cerca de la nuca del muerto viviente. La columna vertebral tenía una consistencia chiclosa, por lo que el caballero tuvo que asestarle varios cortes, hasta que por fin logró descabezarlo. Una vez hubo acabado de rematar a aquella cosa, el bosque recobró su habitual silencio. Pese a la sepulcral calma que reinaba en el claro, el caballero lordanés se sintió más agobiado y observado que nunca. Sabía que los no-muertos rara vez caminaban solos, y que si ya se había encontrado con uno, muchos más estarían cerca. Tenía que huir de allí.

Dando largas zancadas esquivó troncos caídos sobre los que crecían hongos amarillentos y mohosos, arrancó telarañas densas y pegajosas y atravesó arbustos que se apiñaban los unos contra los otros como si deseasen impedirles el paso. El caballero, frustrado por su azarosa marcha, pensó que era posible que el mismo bosque estuviese conspirando contra él para que los infectados le diesen alcance y le convirtiesen en uno de ellos. Esta repentina idea plantó la semilla de la paranoia, que comenzó a germinar en su mente. Donde antes se alzaban robles robustos y pardos, Verestor contemplaba ahora formas retorcidas y desfiguradas que lo rodeaban para dañarle. Las ramas se habían transformado en dedos largos como cuchillas, y los frutos que colgaban de ellas en ojos marchitos que lo examinaban con deleite.

—¡No! ¡No! —vociferó Verestor, lanzando estocadas contra los árboles podridos que le entorpecían el paso—. ¡No seré vuestro! ¡No me atraparéis!

Poseído por la enajenación, el caballero cargó contra un ancho tocón que yacía en mitad de un pequeño sendero abierto por animales, y le clavó el acero con tanta profundidad que se le quedó atascado. El hombre, con la cara enrojecida por el esfuerzo, tiró de la empuñadura varias veces, tratando en vano de extraer su espada. Se estaba empezando a cansar, y sus movimientos eran cada vez más torpes. Y si por si eso no fuera poco, ya era de noche y no conseguía ver más que las desdibujadas tinieblas de la foresta.

En mitad de aquel vacío que lo sitiaba, Verestor notó varios pinchazos en sus muslos, acompañados del rasguido de sus calzas al perder la tela. Al bajar la mirada encontró unas manos venosas y de piel cenicienta, que se aferraban a su carne como sanguijuelas.

—¡Soltadme! —el caballero lordanés pateó con fuerza, tratando de desembarazarse del agarre de aquellas garras que lo constreñían. Poco a poco, comenzó a sentir más arañazos en otras partes de su cuerpo: las caderas, el abdomen, y el pecho. El dolor comenzó a incrementarse con delirante rapidez. Notaba cómo le estaban arrancando la piel y hurgando en sus cicatrices y heridas. Los escuchaba gorjear en las sombras de la noche, mientras extendían sus brazos entecos para tocarle.

Esta vez no eran enemigos imaginarios de madera y piedra, sino auténticos seres de carne y hueso. Había cometido un grave error al dejarse llevar por los demonios de la locura, permitiendo que los infectados lo encontrasen. Sin embargo, Verestor se negó a rendirse. No permitiría que aquellas cosas se lo comiesen vivo; o al menos, no lo haría sin luchar. Así que bufó, gritó, aulló de dolor. Se zarandeó de un lado a otro, chocándose contra cuerpos malolientes y árboles de corteza negra, hasta tropezar.

El roce húmedo del barro le besó las mejillas, entregándole un breve momento de serenidad. Agarrándole de los tobillos se hallaba uno de los infectados, que trataba de roer con despiadado apetito una de sus piernas, marcada por otros mordiscos. Cuando ya lo daba todo por perdido, sus ojos encontraron una luminaria plateada que se filtraba a través de las copas de los árboles. Verestor alzó la mirada y observó una luna gibosa y lánguida, la cual iluminaba desde lo alto de la bóveda celeste un estrecho camino empedrado que conducía a una neblinosa edificación, a pocos metros de su posición. Aquel descubrimiento le hizo recuperar el aliento. Todavía tenía la posibilidad de escapar y refugiarse en aquel lugar. Decidido a hacer un último esfuerzo, ahogó un quejido en su garganta y comenzó a arrastrarse por la tierra como un gusano, arañando centímetro a centímetro. Cuando ya estaba próximo al lindero, le asestó un talonazo al nomuerto que se aferraba a su pierna y consiguió liberarse, dejando atrás la foresta.

Una vez en el camino, Verestor se dio de bruces con la fachada de una antigua construcción levantada en piedra y reforzada por vigas de madera a punto de pudrirse. La luz lunar que lo guiaba hizo resaltar entonces el relieve de un símbolo que sobresalía en el frontón del edificio. El maltratado lordanés lo reconoció al instante: era el emblema de la Luz Sagrada.

—Alabada sea la Luz… —balbuceó el caballero, perplejo por estar delante de lo que parecía ser un auténtico milagro. Era la primera ocasión en toda su vida en la que sintió que había una fuerza superior que no se había olvidado del todo de él, y que por alguna razón, le estaba otorgando una última oportunidad para salvarse.

Al escuchar nuevas pisadas a sus espaldas y oler el emético hedor de sus persecutores, el caballero no perdió más tiempo y se dirigió a los portones de la iglesia, los cuales halló cerrados a cal y canto. A pesar de este hecho, el caballero no perdió el atisbo de fe que acababa de prender en su corazón y aporreó con ímpetu la madera agrietada que protegía la entrada. Después de propinarle varios golpes, los goznes de hierro oxidado saltaron por los aires, causando que una de las puertas se torciese hacia dentro. Agachándose como un contorsionista con artrosis, Verestor se coló por la apertura y penetró dentro del santuario.

El aire del interior era dulzón, cargado con un penetrante olor a incienso. La iglesia, con planta en forma de cruz y dividida en tres naves, parecía estar adormecida, acurrucada por una acogedora penumbra. Las vidrieras que cubrían los ventanales representaban con tonalidades descoloridas una mano de plata, que refulgía con un brillo espectral en medio de la noche. Sin embargo, lo que más le llamó la atención al caballero fue el danzar de las llamas de unos cirios amarillentos que se derretían sobre un altar de mármol roto.

—Quizás quieras cerrar la puerta —dijo una voz masculina y cálida, procedente de algún rincón del santuario—. Ellos no respetarán este lugar sagrado.

Verestor lanzó rápidas miradas a su alrededor, tratando de descubrir al propietario de aquella misteriosa voz. Al no encontrarlo, hizo lo que le sugerían y se acercó a un polvoriento banco de madera para volcarlo contra los portones de la entrada, sellándola.

—¿Dónde estás? ¿Quién eres? —acertó a preguntar el caballero, mientras apoyaba su espalda contra la puerta, la cual empezaba a ser golpeada por los no-muertos del exterior—. ¿Eres amigo o enemigo?

—¿Yo…? —el timbre varonil volvió a resonar, de manera más amortiguada que en la primera vez. En esta ocasión Verestor pudo distinguir que la voz procedía de un coro alto, desde donde asomaban los largos tubos de un viejo órgano—. No soy tu amigo, ni tampoco tu enemigo. Tan sólo soy quien soy.

El extraño comenzó a tocar las teclas del instrumento, arrancando unas notas agudas y lentas, que resonaron con un eco nostálgico y parsimonioso a lo largo del templo, confundiéndose con los golpes secos y rabiosos que los infectados propinaban a los portones.

—Necesito ayuda. He contraído la enfermedad de la Plaga —suplicó Verestor, temblando. Aún no había tenido ni un momento de respiro para comprobar todos los cortes, arañazos y dentelladas que había recibido, pero ya no le quedaba ninguna duda de que si la peste no acababa con él, lo harían las heridas provocadas por los no-muertos—. No sé cuánto tiempo me queda.

—Muy poco —contestó la misteriosa voz—. Unas horas, o un par de días si eres resistente. Pronto serás como ellos.

—Debe haber una forma de sanarme. No quiero acabar convertido en… —el hombre no tuvo el valor para pronunciar el resto de las palabras, atragantándose con ellas.

—Hay una manera de evitar que seas como ellos —dijo el extraño, interrumpiendo la pieza musical que estaba interpretando. Un súbito silencio se apoderó del santuario, que pareció detener hasta a los mismos no-muertos del exterior, pues dejaron de arremeter contra las puertas.

El desconocido se puso en pie, abandonando con lentitud el asiento que ocupaba. Su cuerpo era largo y esbelto, como si fuera uno de los puntiagudos pináculos de la catedral de la Mano de Tyr. El traje que vestía era oscuro, tan negro que se fusionaba con las sombras que inundaban la iglesia. Por encima de su cuello, en lugar de mostrar una cabeza humana, se observaba el rostro de un cuervo de majestuoso plumaje negro, y de pico más cortante que una espada. Sus vivaces ojos eran una pareja de rubíes rojos como la sangre, que se posaron con abominable fijeza sobre el caballero.

Perplejo por el pesadillesco aspecto del organista, Verestor se olvidó de seguir empujando el banco que había colocado a modo de barrera para asegurar la entrada, y lo dejó caer contra el suelo, provocando un sonoro temblor. No sabía si lo que veía era real o una alucinación provocada por la enfermedad que acababan de contagiarle. Esto último no le extrañaba, pues ya sentía escalofríos recorriéndole la espalda, y un sudor gélido que le encharcaba la frente. Su mente tampoco le daba tregua y estaba empezando a notar una fuerte palpitación en el cráneo, como si su cerebro estuviese a punto de estallar.

—Nada de esto es real —el lordanés se echó las manos a la cabeza, y se la apretó, sollozante. Su corazón fatigado se rendía. Ya había visto demasiado horror y espanto en aquella jornada, y se negaba a hollar más en el universo sobrenatural y maligno al que había sido arrojado—. Es todo una ilusión.

Unas delicadas pisadas se escucharon procedente de la escalinata en forma de caracol que comunicaba el coro con la planta baja. El organista estaba acercándosele con lentitud, trayendo consigo un olor agrio y rancio.

—¿Y qué es la realidad sino una mera ilusión? —unos dedos correosos y de largas uñas le alzaron la barbilla, obligándole a mirar hacia arriba. Los ojos azules de Verestor se encontraron con los pozos carmesíes con los que aquella entidad lo estudiaba. Teniéndolo tan de cerca, el caballero pudo percatarse que el rostro de aquel hombre-cuervo era artificial, ya que podía distinguir trazos de hilo que mantenían sujeto el pico y el plumaje a la cabeza de su portador.

No se trataba de ningún demonio, sino de alguien que sencillamente llevaba una máscara—.

Tengo algo que ofrecerte, escúchame bien.

Verestor permaneció en silencio, contemplándolo. El entumecimiento que anestesiaba su cuerpo  era cada vez mayor, y ya no podía tenerse en pie, por lo que el misterioso individuo lo sujetó con sus nervudos brazos.

—No puedo hacer nada para desterrar el mal que te aflige —continuó el hombre-cuervo—. Tus órganos colapsarán y tu carne se pudrirá, pero tu alma…. tu mente… aún tiene salvación. Conozco un sitio en el que los no-muertos no son esclavos de la Plaga. Hay una nueva Dama Oscura en Lordaeron que les ha devuelto la libertad. Yo puedo llevarte con ella cuando sucumbas a la enfermedad.

—¿Un sitio donde los muertos vivientes son libres…? —Verestor frunció el ceño y soltó una risotada nerviosa, escéptica—. Eres un necio… eso no es posible. Yo los he visto. Son como bestias sin razón que merodean por la tierra buscando extinguir toda vida que encuentran. Son unos monstruos.

El cuervo no respondió, sino que se llevó las manos a los cordones que sujetaban su máscara y los comenzó a desatar, sin prisa. Al retirarse la careta, una cascada de cabellos finos y negros cayeron sobre su cabeza, los cuales apartó con un gesto cuidadoso para dejar su cara al descubierto. Su piel estaba repleta de cráteres abiertos que enseñaban los músculos y los huesos de la mandíbula, de la que sobresalían unos dientes protuberantes y torcidos. Las encías eran descomunales, y se habían comido parte de los labios, de los que tan sólo quedaban una fina línea recta que se curvaban hacia arriba, formando una mueca burlona. Las cuencas oculares estaban vacías por completo, y en ellas tan sólo se atisbaba una lucecilla vaporosa que titilaba con un tenue brillo dorado.

—Conozco ese lugar —dijo el organista, acercándose al caballero con actitud enigmática—, porque yo también soy uno de los que recibieron el beso de la peste…

FIN

2º Ganador VIDA por Fernando Castro

Villadorada. Un pequeño pueblo que se alza orgulloso como el león de nuestro estandarte en un rincón del Bosque de Elwynn. Casas pequeñas de modestas volutas de humo que escapan por las chimeneas de piedra al caer la noche, con senderos a menudo transitados por los aguerridos soldados de Ventormenta cuando patrullan el bosque, mercaderes que van y vienen con sus miles de extraños y fascinantes artículos y sus aún más extrañas y fascinantes historias, y los intrépidos aventureros que hacen de la exploración y el heroísmo ocasional su modo de vida. El susurro de las hojas con el viento que baja de las montañas Crestagrana hasta los Páramos de Poniente, donde se aleja mar adentro… El repiqueteo del martillo del herrero contra su yunque, atareado en su cálida forja en la que a menudo permite que los vagabundos se hospeden en los meses más fríos… Los gritos de los vendedores que anuncian a los interesados lugareños sus ofertas con el deseo de intercambiar telas y especias por los pocos cobres y plateadas que se han ahorrado para la ocasión…

Mi hogar.

Soy una niña, apenas en el albor de mi vida. Me siento en el porche con mi madre a coser bajo la luz de la mañana, aprovechando una de tantas ocasiones que se me brindan para asistirla en su trabajo. El roce de la tela contra mis yemas y la satisfacción de un trabajo bien hecho siempre consiguen poner una sonrisa en mi rostro, más incluso que el cansancio tras un buen día de jugar al escondite con mis amigos o las fascinantes historias que comparten los viajeros en la taberna. Más incluso que la frescura del río al meter los pies en él, o que la orgullosa mirada de mi padre al dominar un nuevo hechizo que intentara enseñarme. Más incluso que perseguir a las crías de murloc con los demás zagales del pueblo, o el trepar a los árboles y jugar a la guerra mientras defendemos un bastión imaginario de las hordas de orcos que pretenden quemarlo. Nada podía compararse con aquello.

            -Lirena…-oigo que dice mi madre, y detengo mi aguja lo justo para evitar clavármela en el dedo. Pálidas marcas en mi yema son el recordatorio de lo mucho que me costó asimilar esa lección-…, ven, mira esto.

Dejo a un lado el pantalón a medio zurcir y atravieso el porche hasta reunirme con ella. Sentada en los escalones, dispone su regazo a modo de cálido trono para que me siente en él, apoyando mi espalda contra su pecho. Sus brazos, delgados aunque firmes, no tardan en rodearme al tiempo que disponen ante mí la pieza en la que mi madre andaba trabajando.

Es…precioso. Se trata de un majestuoso encaje azul y dorado, con un magnífico bordado del león de Ventormenta rugiendo altivo y orgulloso como solo un animal de su categoría podría hacer. Asombrada, casi con reverencia, paso mi pequeño dedo por las detalladas facciones del animal, tratando de convencer a mi enmudecida niña interior que aquello seguía siendo solo tela e hilo, no alguna clase de místico portal que hubiera encerrado, de algún modo, a semejante bestia en aquel pequeño habitáculo.

No digo nada. No puedo hacerlo. La complejidad de aquella pieza me deja boquiabierta, y solo la risa de mi madre me despierta del trance en el que me ha puesto como si de una hipnotizadora se tratara. Avergonzada, retiro la mano.

            -¡Ah! Esto…yo no, yo…-trato de decir, pero las palabras y disculpas de mi mente salen fragmentadas y débiles al pasar mis labios. ¿Cómo he podido ser tan desconsiderada? Aquella era una obra de mi madre, la mejor que había hecho en mucho tiempo… ¿cómo se me ocurría toquetearla con mis torpes dedos de aprendiz? De no haberse reído, pensaría que mi madre se había molestado por mi inconsciente acción de niña boba, y su mano sobre mi cabeza no hace más que acrecentar mi rubor-…lo siento.

            -No lo sientas, mi vida. Tu asombro me halaga, la verdad. ¿Tan bien crees que me ha salido?

            -¡Por supuesto! Quiero decir… ¡es precioso! ¡Es…es…!

No sé qué decir. ¿Qué palabra pronunciada por una niña pequeña que apenas conocía nada fuera de los límites del bosque haría justicia a semejante obra de arte? Aquella pieza merecía estar expuesta en el salón del más alto noble de la capital, no en la entrada de una pequeña casucha perdida en el bosque, y desde luego no se merecía que la estropeara con mis torpes y regordetes dedos. A pesar de todo, mi madre sigue sin regañarme ni recriminarme nada. En su lugar, deja el encaje sobre mi regazo y toma mis manos con las suyas. Parecen menudas en comparación, sus dedos largos y delgados con las yemas endurecidas tras toda una vida de enhebrar agujas y trabajar telas. Aquellas manos hacían tantas cosas increíbles: cosían, cocinaban, lavaban, bordaban, contaban, repiqueteaban y cogían con ternura… Y, a pesar de ello, tomaban en esos instantes mis manos como si de delicados tesoros se trataran, como si pretendiera escudar con su propia carne mis pequeñas manos de los peligros del mundo exterior.

Cálidas. Conocidas. Amables. Las manos de mi madre siempre me habían fascinado, y rezaba a la Luz por poseer algún día ni que fuera una pequeña parte de su gracia y belleza. Claro estaba que no la poseía entonces, torpes y acostumbradas a sufrir los dolores que mis errores me provocaban a menudo, ya fueran pinchazos de agujas o chispazos de maná.

            -Si quieres, te puedo enseñar a bordar. Estoy segura de que aprenderías lo más esencial en poco tiempo-oigo que me dice mi madre, apoyando su rostro sobre mi cabeza. Siento su respiración contra mi larga cabellera, envolviéndome por detrás con sus brazos en un cálido abrazo. Los nervios y la tensión desaparecen en mí, para ser sustituidos por la siempre conocida duda que a menudo me embargaba cuando alguno de mis progenitores intentaba enseñarme algo nuevo.

            -… ¿para qué?-digo, con un hilo de voz-. No soy tan buena. Aunque lo intente…, jamás haré nada tan bonito como esto.

Mi madre no dice nada, aunque sé que algo le ronda la mente. Yo bajo la mirada hacia el bordado y trato de aceptar que aquello será lo más cercanos que estaré de crear nada parecido. No me veo haciendo nada semejante, nada tan precioso o esplendoroso como aquel complejo encaje. Yo… solo soy yo. Coso normal, cocino normal, limpio normal… Solo soy una chica normal. No soy como mi madre. Ella es especial. Cuando cose, hace maravillas. Cuando cocina, hace manjares. Cuando limpia, hace virguerías. Yo no. Yo solo soy…normal.

Comparo nuestras manos, mis dedos cortos y torpes contra sus dedos largos de maestra costurera. Mi palma, rolliza y pequeña, contra la suya, cálida y delicada. Mis yemas, débiles y plagadas de marcas de pinchazos, contra las suyas callosas y experimentadas. Casi me da vergüenza pensar en compararme con mi madre, y me entristece saber que nunca podré hacer nada como aquello, por mucho que ella así lo quiera.

Siento cómo aprieta su agarre sobre mis manos, y su calidez me saca de cual sea el pensamiento que me ronde la mente. Sin alzar la mirada, sé que sus ojos están fijos en mí.

            -Mi vida… No quiero que hagas algo tan bonito como esto-me dice, y siento como el pesar me embarga. Es comprensible. Si yo intentara hacer algo así, seguramente me saliera tan mal que…-. Lo que yo quiero, es que algún día seas capaz de hacer algo incluso más bonito que mi bordado.

            -¿Qué?-Sueno confusa. No es para menos. ¿Yo, superando esto? Antes lograría entender las estrambóticas lecciones mágicas de mi padre.

            -Mira, Lirena-me dice mamá. Su atención me guía hasta nuestras manos, todavía juntas-. ¿Qué ves?

            -Veo… ¿mis manos? -digo, algo extrañada. No entiendo qué me intenta decir.

            -¿Algo más?

            -Y… las tuyas-sigo diciendo-. ¿Nuestras manos?

            -Exacto. ¿Te parecen iguales? -Niego con la cabeza, demasiado ocupada con tratar de entender de qué va todo aquello como para responder-. Entonces, si no son iguales, ¿cómo esperas que hagamos las mismas cosas? Mis manos pueden hacer las cosas de un modo, y tú las harás de otro muy distinto, y eso no es malo. Significa que, aunque yo te enseñe cómo hacer una cosa, tú hallarás el modo de hacerlo a tu propia manera, única y especial. Este bordado, este tan bonito, es uno que me enseñó mi madre hace ya muchos años-me cuenta-, y aunque intenté replicarlo muchas veces, nunca me acabó de salir bien. ¿Sabes lo que hice?

Niego con la cabeza, de nuevo confundida. ¿Hubo un tiempo en que mamá también fue torpe?

            -Dejé de intentar imitarla. Aprendí a hacer las cosas a mi manera, y hallé mi propio modo. Y cuando eso pasó, tu madre comparó nuestros bordados, y dijo que el mío era mucho mejor que el suyo-dijo, con una sonrisa en sus labios-. Algún día, Lirena, tú también encontrarás tu propio modo de hacer las cosas. Algún día, mi vida, descubrirás todo el poder que esconden tus manos. Y cuando eso pase, descubrirás también las maravillas que estas…-recalca, dándome un suave apretón en las manos-… son capaces de hacer.

Sus palabras me dejan sin habla. Mis manos, tan pequeñas y débiles… ¿realmente podían ser capaces, algún día, de hacer lo que ella decía?

            -… ¿crees…?-trato de decir, algo intimidada ante la idea de, algún día, ser capaz de tanto-. ¿…crees realmente que puedo hacerlo?

Sonríe, y estrecha aún más su abrazo. Su calidez me arropa como una mañana de verano, barriendo cualquier rastro de duda o incertidumbre de mi interior. Durante un instante, la seguridad y la calma que mi madre me transmite serenan mi mente y me arropan como a un recién nacido.

            -No lo creo, mi vida. Lo sé-me asegura-. Tú eres mi hija, mi pequeña y dulce hija, y sé que algún día maravillarás al mundo con lo que tus manos serán capaces de hacer.

Sonrío. Me cuesta decir de dónde viene esa alegría, pero sé que está en mi en cuanto oigo la seguridad con la que mi madre habla de mi futuro. Por primera vez en mucho tiempo, miro mis manos y ya no veo las torpes manos de una aprendiz de sastre y maga, mala para coser y para conjurar hechizos. Por primera vez, veo una promesa, una promesa de un misterioso porvenir que alcanzar por mi misma y la esperanza de cuanto podía llegar a hacer algún día. Sí, era la hija de mi madre, la hija de mi padre, y el orgullo de ambos. Si tan extraordinarias personas podían llegar a creer en mi como lo hacían ellos, ¿quién era yo para decirles que se equivocaban?

Yo… lo haría. Lo haría, de algún modo. Respondería a sus expectativas, y descubriría si realmente podía llegar a ser tan grande como mi madre pensaba que podía ser. Tomaría mi futuro, y le daría forma con mis propias manos.

Con mis propias manos, a mi propio modo.

Mis manos… mis manos…

¿Qué…qué les ha pasado… ¡a mis manos!?

Piel pálida y quebradiza. Carne tan delgada que se pega al hueso. Dedos sin rastro alguno de piel que los cubra, terminados en espantosas garras óseas.

Estas…estas no son mis manos. Mis manos… ¿Qué…dónde…?

Aparto las manos, y el gris cielo de tormenta se abre ante mi desde donde me hayo estirado, en lo más profundo de… ¿un agujero? ¿Dónde…dónde estoy? Siento temblar todo mi cuerpo, pero no siento frío alguno cuando las primeras gotas de lluvia tocan mi piel. De hecho, casi ni siento las gotas. Es más…

…no siento nada.

¿Dónde…?

Una luz se abre paso entre las tinieblas, y una figura aparece en el límite de mi visión. El horror del extraño monstruo que aparece farol en mano es suficiente para hacerme chillar espantada, un grito instintivo que por alguna razón no reconozco. Mi voz… suena rasposa, como si hiciera una eternidad que no bebo agua. Debería dolerme la garganta, pero… no siento nada.

Trato de retroceder cuanto puedo, pero la tierra limita mi huida. Trato de hacerme todo lo pequeña que puedo en la esquina más apartada de mi extraño refugio, pero el monstruo no hace el intento de ir a por mí. Tan solo me alumbra con su farol, y me mira con ojos carentes de vida o interés.

            -Esta ya está despierta-le oigo decir, con su cavernosa y espantosa voz. ¿Cómo puede algo así, que parece un hombre más muerto que vivo, existir tan cerca de mí? No sé qué clase de espantosa pesadilla es, pero ardo en deseos de despertar pronto-. Arriba con ella.

Manos aparecen desde fuera de mi campo visual, y me agarran de los brazos y la ropa antes de que pueda apartarme. Lucho y grito todo cuanto puedo, pero no consigo escapar. Tiran de mí, y…

El bosque de Elwynn. Fuera de la seguridad del camino. Mi cesta, tirada a un lado del mismo, los últimos pedidos acabados desperdigados por el fango y la mugre.

Pataleo contra el suelo mientras las manos de aquel hombre me sujetan contra el suelo. Otro me tapa la boca, y mis gritos quedan ahogados contra su sucia palma. Las lágrimas nublan mi vista, pero distingo las sonrisas cargadas de aviesas intenciones que portan.

El corazón me late muy deprisa. No puedo pensar. No puedo moverme. Tan solo puedo…

Luchar.

Las manos me sueltan. ¿Qué ha sido eso? ¿Ha sido…una visión? ¿Un recuerdo? El bosque… sí, recuerdo el bosque. Estaba… estaba… Duele, mi cabeza duele cuando trato de hacer memoria. Mis manos, tan inhumanas como los monstruos que me han sacado al descubierto, se agarran a mi cabeza mientras trato de esclarecer qué ha ocurrido. Estaba…estaba en el bosque, y… Salieron de la nada. Dos hombres. Me…sacaron del camino, y…y…

Alguien se planta ante mí. Alzo la mirada, y contemplo en todo su esplendor al horror no-muerto en armadura que enmudece mis pensamientos. El asco que me provoca ver su lengua colgando a falta de una mandíbula en su rostro no consigue revolverme el estómago, cosa que me extraña más que el hecho de que ni él ni las criaturas que lo acompañan hayan hecho el menor intento por acabar conmigo. Dos manos me toman por los hombros y me cuadran con un respingo, demasiado sorprendida por los repentinos y consecutivos sucesos como para pensar en otra cosa que el miedo que siento en ese instante. Se acerca a mi rostro, el brillante farol de su compañero cegando uno de mis ojos mientras el otro contempla aterrado los amarillos orbes de aquel ser.

            -Hmmm…-murmura, su voz el roce de dos ásperas rocas-. Bien conservada. No hay agujeros de gusano, ni está demasiado podrida-. Sus ojos me revisan de arriba abajo como si pudieran ver por debajo de mi vestido. No me cubro con las manos porque estoy demasiado asustada como para pensar en moverme siquiera-. Siempre podríamos sacar buenas piezas de esta… Hmmm…-Se planta de nuevo ante mí, y lleva su podrida mano a mi rostro. Me quedo quieta como una estatua, mientras el dedo de aquel “hombre” mueve para abajo mi párpado izquierdo-…bueno. Un poco pequeño, pero servirá. A ver la boca…-Para mayor horror mío, su pulgar se abre paso entre mis paralizados labios y me baja la mandíbula. Aquel dedo, más hueso que carne, revela el interior de mi boca para el escrutinio de aquel monstruo, y mi enmudecida garganta de la cual tan solo sale un tenue quejido. Después de lo que parece una eternidad, se aparta de mi-. Bien, bien… Veamos el siguiente.

Camina a un lado mío, y ambos hombres desaparecen de mi campo visual. Sin la brillante luz cegándome, veo por fin el lugar dónde me encuentro. Allá donde alcanza mi mirada, más y más tumbas ocupan cada rincón de terreno disponible como si de simples matojos se trataran, todas blancas y grises y claramente destacadas contra la oscura hierba del pasto que las rodea. Extrañas figuras caminan entre ellas, algunas con sus propios faroles en las manos, y otras cubiertas por las sombras de la noche y la tormenta, no menos siniestras que aquellas que mis ojos alcanzan a distinguir. A lo lejos, un oscuro bosque marca los límites de lo que puedo ver, tan denso e infranqueable como un muro.

Con temblorosa lentitud, giro mi cabeza para seguir a quien con tan poco cuidado me ha examinado como a un caballo recién comprado. A mi lado, en un estado no mejor que el mío, se encuentra un hombre en quien no había reparado hasta el momento, vestido con un raído traje oscuro y de piel tan pálida como el papel. Sus ojos, dorados como los del ser que en esos momentos le doblaba el brazo arriba y abajo como un simple cachivache gnómico, observan su huesuda extremidad con clara expresión de horror, seguramente una idéntica a la que yo debía de lucir en esos instantes. Más allá, ocultos entre las sombras, creo distinguir otras tantas figuras que parecen aguardar con solo su brillante mirada a destacar en las tinieblas a que los dos no-muertos reparen en ellos.

No puedo evitarlo. El miedo paraliza mi mente, y obstruye cualquier clase de pensamiento racional. Mis piernas no se mueven cuando pienso en correr. Mis rodillas no ceden cuando el valor me abandona. Mis manos no responden cuando les pido que dejen de temblar. En cambio, mi voz no se detiene cuando le suplico que guarde silencio, y lanzo una pregunta de la que sé que acabaré arrepintiéndome.

            -Ehm… Per…perdone-digo, mi voz lastimera y rota. El de la armadura me ignora, pero el tipo del farol desvía su atención hacia mí, haciendo que lamente pronto mi temerario atrevimiento-. Ehm… Yo…

            -¿Qué, qué pasa? ¿Nos ves que estamos ocupados?

            -Oh, ehm… Yo…q-quería, yo…

            -Habla claro, maldita sea. No me sobra el tiempo para intentar entender tus balbuceos-me recrimina, a malas, mientras da un paso en mi dirección. Mis piernas, cobrando vida de nuevo, retroceden por instinto.

Las preguntas se atoran en mi garganta, luchando por salir todas a la vez. ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué me va a pasar? Sin embargo, la que finalmente consigue pasar el bloqueo y articularse en mis labios es, tal vez, la última pregunta que esperaría formularle a un cadáver ambulante que hubiera conocido en una oscura noche de tormenta.

            -… ¿qué han querido…decir con que es…”un poco pequeño”?-pregunto, señalando brevemente mi ojo. Mentalmente, no tardo en recriminarme lo estúpido de mi acción, preguntando semejante tontería a un…un…”algo” como él. ¿Pero cómo se me ocurre? La sorpresa de mi propia temeridad solo se ve eclipsada por la sorpresa de recibir, contra todo pronóstico, una respuesta por parte del hombre del farol.

            -Ah, sí. Ha sido un auténtico fastidio buscarte un recambio para ese ojo tuyo-comenta, casi con hastío-. No tenía de tu talla, así que tendrás que contentarte con ese que tenía por ahí. Procura no darte golpes en la cabeza, o se te caerá. Da las gracias…, o no, tanto me da.

Sin añadir nada más, sigue su macabra inspección mientras me deja más confusa que antes de responder a mí pregunta. ¿”Recambio”? ¿”Ojo”? ¿”Caer”? ¿Qué…qué significaba todo eso? ¿Es que acaso…acaso…?

No. No, no, no. No es posible. No puede ser… es imposible que… Pero… eso significaría que…

Cubro mi ojo izquierdo con la mano, y agacho la cabeza. No quiero creerlo. No quiero pensar siquiera que puede ser cierto. Y, a su vez, no puedo evitar sentir que debo probar si es verdad o no. Antes de que pueda pensármelo dos veces o dudar, me doy un par de golpes en la parte de atrás de la cabeza, preocupada por si me dolerá mucho o no, y descubriendo anonadada que apenas siento nada a pesar de aumentar la intensidad.

Algo toca mi palma. Algo…pequeño, y húmedo. Retirando la mano, rezo a cada dios que exista en todo el largo y ancho mundo porque me equivoque, porque no sea más que una fantasía mía, o alguna alucinación demasiado vivida. Sin embargo, a medida que mi mano se aparta de mi rostro, no puedo sino contemplar enmudecida por el horror y la consternación la cruda realidad.

Lucho.

Pataleo y me retuerzo todo lo que puedo. Me desgañito tratando de chillar, y muerdo a la primera oportunidad que se me brinda. La mano, dañada, deja mi boca, y por fin puedo gritar a pleno pulmón. Una mano que me aprisiona trata de amordazarme de nuevo, pero al hacerlo libera mi brazo. No tardo en invocar una pequeña bola de fuego, con la que golpeo el rostro de mi captor. Los nervios y el pánico disminuyen mi poder, por lo que tan solo consigo chamuscarlo un poco antes de que se recupere.

En su mirada, donde antes solo había habido lujuria y gozo, ahora veo la más cruel de las intenciones. Lejos quedan el bosque y el cielo nocturno, eclipsados por la furia de aquella mirada.

Casi no veo cómo desenfunda su daga, o cómo la alza por encima de su cabeza, o cómo esta baja velozmente hacia mi rostro. Casi no lo veo…

Pero lo siento.

Veo…mi rostro. Mi cara, antes tan familiar en el reflejo del espejo o el agua, y a su vez tan cambiada. Pálida faz, congelada en una expresión de espanto y terror ante la visión de aquella nueva faceta de mi pesadilla. Un ojo dorado, observando desorbitado al pequeño orbe grisáceo de mi mano, acompañado por las sombras de mi otra cuenca, ahora vacía. Mis cabellos, antes lacios y oscuros, ahora parecen sucios y violáceos, más como hebras podridas de olvidado tejido que no el cabello que tantas veces peinó mi madre en mi juventud.

Quiero chillar, pero no puedo. Quiero apartar la mirada, pero me es imposible. Tan solo puedo permanecer allí, temblando por algo más profundo que el frío que no siento, mientras el horror de la verdad se abre para mí de par en par.

No veo más que oscuridad. Las sombras invaden la mitad de mi visión, y poco a poco empiezan a extenderse por el cielo sobre mí. Puedo…sentirla. Siento ese trozo de metal, increíblemente frío, clavado en mi cabeza. Duele…duele tanto que nada más ocupa mi mente que el deseo de sacarme ese metal del cuerpo, pero no puedo moverme. Nunca antes he deseado tanto moverme como en ese instante, y nunca antes había comprobado con más frustración que no podía. Mis piernas…no las siento. Mi cuerpo…está cada vez más frío. Noto en mi espalda cómo la sangre empapa mi vestido, y nada puedo hacer para remediarlo salvo quedarme allí, tendida, a esperar que las sombras ocupen el lugar de las estrellas.

Mi mano… Como si de un milagro se tratara, muevo la mano. Se alza, temblorosa, como si pretendiera tomar la daga que me arrebata la vida a cada segundo que pasa, pero sé que las fuerzas no me llegarán para tanto. Por instinto, tal vez, se alza en un intento de tomar algo más valioso para mí.

Luz. La luz de las estrellas. Son…preciosas.

Quisiera…Quisiera tomarlas. Quisiera…que iluminaran las sombras. Ya…casi no las veo. ¿Dónde…dónde están…?

Las…estrellas…

Solo veo mi mano, tragada por las sombras, y luego…

Nada.

Yo, Lirena Campoyermo…, estoy muerta.

No. Estaba muerta.

Ahora…soy una Renegada.

Flormarchita. Ese es mi nombre ahora.

Y nunca pensé que mi vida sería esto ahora.

De joven, aprendí que la violencia nunca era la solución para nada. Que resolver las cosas dialogando siempre era mucho mejor que hacerlo con las manos, que solo los matones y las malas personas veían en la lucha y en la destrucción un camino para resolver sus asuntos pendientes. Y yo lo creía, lo creía de verdad. Aborrecía la violencia, y todavía hoy día la aborrezco. Odio tener que mostrar mi lado malo. Odio tener que hacer daño a alguien. Odio tener que hacer con mis manos aquello que siempre aprendí a odiar y a evitar.

Y odio lo diestra que me he vuelto en ello con el paso de los años.

Una misión rutinaria, sencilla, casi cotidiana. Otro grupo de estúpidos que creen poder limpiar Trabalomas si destruyen nuestros asentamientos y queman a sus ocupantes ha estado pululando demasiado cerca de Costasur, y la Dama Oscura nos ha encargado que lidiemos con ellos antes de que las pérdidas se acumulen. Con ello, imagino que se imagina más a las fronteras impuestas por nuestros puestos de avanzada y el coste que supone el construirlos que no los Renegados que los ocupan. La Madre sabe bien que reponer efectivos no es un problema para la reina y sus Valkyr.

Me arrancan de mi puesto en Camposanto, y me hacen atravesar medio continente para…esto. A veces pienso si no habría sido mejor que me quedara en la capital, remendando camisas de orcos y tejiendo túnicas para los sin’dorei.

No. No, no puedo pensar de esta manera. La Santa Madre exige que estas almas sean purgadas para que así sus hijos puedan gozar tranquilos de sus bendiciones, y como sus humildes siervos, eso es exactamente lo que haremos. Gloria a la Madre en su infinita gracia y misericordia, que nos cuida y protege ahora y siempre en su frío abrazo.

Avanzamos desde el límite del perímetro. Al frente, por el camino entre los árboles, nuestra vanguardia se abre paso con los escudos en alto, chocando pronto contra los sorprendidos vigías, que seguramente no esperaban nuestra llegada desde el este. Detrás, con los arcos preparados, nuestras forestales acaban con aquellos que intentan escapar del ataque, obligándoles a quedarse y luchar. El entrechocar de acero contra acero, los gritos y órdenes lanzados al aire, y los alaridos de dolor no tardan en extenderse por el antes tranquilo campamento.

Luego, cuando parece que la lucha ha llegado a un punto muerto, llego yo.

Me abro paso por detrás, por entre las tiendas. Un toque de mis dedos, marcadas las falanges para que así puedan sostener mis queridas agujas, basta para prender las telas baratas y reclamar la atención de los más rezagados. La atención de los defensores se desvía hacia mí, permitiendo a mis compañeros empujar su línea de defensa. Poco a poco, les obligamos a retroceder hacia el centro del campamento, lejos de árboles y demás obstáculos que pudieran utilizar como barricadas.

Uno de los intrusos carga hacia mí. Espada en mano, se abalanza sobre mí con la ferocidad de alguien que espera vencer rápidamente. No es para menos, ya que seguramente no me ve como una amenaza. Una sencilla túnica negra, una bolsa en el cinturón, y ni una sola arma en mi ser. En teoría, no debería de poder ni arañarlo con mis garras, mucho menos atravesar la coraza que cubre su pecho.

En teoría, claro.

Para cuando alza su espada, la hoja presta para segar mi cabeza, yo ya he dispuesto mis dedos. Apenas tengo que pensar demasiado en lo que estoy haciendo. ¿Cuántas veces habré hecho lo mismo? ¿Cuántas veces habré vivido esa misma experiencia? Un breve momento de concentración, un seco chasquido de mis falanges, y un brillante cuerpo ardiente ante mis ojos. El pobre infeliz se prende en llamas con un estallido, desviando su carrera y cayendo a mi lado sin tocarme. Grita, humea, se retuerce de dolor mientras literalmente se cuece en su propia armadura, incapaz de quitársela a medida que hierro y carne se funden en uno.

No le miro. Las primeras veces miraba, ya fuera por la incredulidad de lo que había hecho, el sentimiento de culpabilidad ante el dolor que infligía, o tal vez por simple morbosidad, fascinada con lo que mi adiestramiento con los Renegados me permitía hacer. Pero ya no. Han sido ya muchos cuerpos, y ya nada me hacen sentir. Ya nada significan. Otra alma que envío al Vacío, para ser juzgada por la Madre Sombra. Solo eso.

Mientras prosigo con mi amarga tarea, chasqueando mis dedos y convirtiendo a aquellos hombres en espantosas piras, no puedo evitar que una pequeña sonrisa se plasme en mi rostro. Hacer aquello no me aporta ningún placer, como ya he comprobado que es para un Renegado sentir auténtica felicidad, pero hay un sentimiento que la no-muerte no ha conseguido arrebatarme aún.

Plenitud. La satisfacción del deber cumplido. La alegría de acometer tu propósito con éxito, y ver cómo tus acciones cambian el mundo que te rodea.

La batalla dura poco. Nuestra vanguardia luce un par de mellas a modo de recordatorio de lo sucedido, pero eso sería todo. Para cuando nos marchemos, nada quedará aquí que pruebe que una vez hubieron hombres vivos o lo que nosotros les hicimos.

O, al menos, esa era la idea.

            -Hermana-dice uno de los guerreros, reclamando mi atención. Mi mente, abstraída con el rutinario rezo a la Madre Sombra, vuelve para centrarse en el gastado soldado-. Nuevas órdenes. Esto no puede repetirse. Hay que dejar un aviso…

Asiento. Tiene sentido. Si bien no somos precisamente difíciles de suplir, hasta los cementerios se agotan con el tiempo. Mejor prevenir que curar.

Miro más allá del soldado, y veo en qué consiste el “aviso”. Cuatro hombres, visiblemente aterrados, atados en el centro del campamento con sus espadas haciendo las veces de improvisadas estacas. A su alrededor, reunidos, los soldados y forestales de Entrañas me observan con sus dispares ojos.

Avanzo. Nada más verme, los humanos se revuelven e intentan escapar. Gimen, suplican, amenazan e incluso lloran, pero eso no detiene mis pasos. Como una singular misa que me encontrara oficiando, avanza la procesión hasta el dispuesto altar, con los cuatro corderos listos para ser sacrificados.

Es aquí, en el albor de la muerte de estos hombres, con el fuego en mis manos y el terror en sus rostros, que las palabras de mi madre cobran sentido una vez más para mí. Ella, al final, tenía razón.

Mis manos…son capaces de hacer cosas increíbles. Cosas bellas, que solo yo soy capaz de hacer. Mi propósito, mi deber, mi pasión y mi alegría…

Mientras mi fuego los inunda, las llamas lamiendo sus sudorosas pieles y arrancándoles estridentes alaridos de agonía, no puedo sino…

Maravillarme.

Mis manos… realmente crean maravillas. Maravillas de tela e hilo. Maravillas de fuego y muerte.

No puedo esperar a mostrarle al resto del mundo las maravillas que tengo por compartir con ellos.

Ojalá, pronto, pueda mostrárselas a mi madre también.

Las maravillas que su hija al fin puede crear…con mis propias manos.

1º ganador TIEMPO Y FUEGO por Archi

Nick: Archi

 

[Monólogo del Beth’lorac] Tiempo y Fuego

 

Hace milenios alguien lo dijo: las treguas son a la paz lo que el sueño es a la muerte. Yo poco entiendo de somnolencias, pero llevo un reguero de cenizas en mis manos y otro de sangre en mis pies. ¿Tienen ellos excusa? Mis manos queman los granos si las acerco al trigo; mi voz es un vaho de humo tóxico y mis pasos azotan la tranquilidad como una canción de guerra. Pero ellos fabrican armas y emplean los bastos conocimientos que ofrece la tierra en someter y saquear. He visto motas de sangre caer al agua y desaparecer, y también gotas de lluvia intentar fútilmente mezclarse con la sabia de los muertos. Y así como un antárbol no inicia un incendio, la guerra no debería ser cosa de quienes pueden morir.

La vida en las Islas Abruptas parecía haberse desvanecido. Las únicas hojas traídas por el viento estaban marchitas y se deshacían en las manos como lo hacía la arena de Tanaris. Si guardabas silencio unos instantes podías sentir el peso de tantas mentiras en cada segundo que transcurriera. Al mirar a un lado, algunos pueblos intentaban reconstruir lo que probablemente había sido su hogar, pero sólo encontrabas criaturas asustadas que trataban de comprender la realidad; darse cuenta de que estaban solos. Quienes les prometieron paz ahora estaban ocupados con otra guerra. Unos levantaban maderas y cuerdas, otros hachas y rifles; unos recogían alimento, otros cuerpos y dudas. Tanto silencio… Tan diferente… Hablar era como gritar en un templo, sólo que aquí los dioses parecían haberlos repudiado hacía eras.

Arrastro estandartes de la Legión Ardiente y les prendo fuego. A medida que encuentro más en mi camino, el fajo crece. Cuando terminan de arder los dejo caer. Entonces, a lo lejos puedo ver cómo algunas criaturas se acercan cuidadosas para empuñar aquellos mástiles como si fueran lanzas. Luego, las últimas criaturas consumidas por la vileza que deambulaban o se escondían son descubiertas y caen a manos de aquellos a quienes esclavizaron. Aquella dulce ironía embriagaba el aire. Existir parecía una ilusión debilitándose; cristales cayendo desde el torreón más alto de la capital.

Camino y camino por Azsuna y Val’shaarah. Sentía que allí había una guerra que aún no había terminado. Al llegar a una Suramar oscurecida por la noche continúo mi labor hasta detenerme frente otro estandarte. El imponente rojinegro símbolo de la Horda hondea delante de mí. Permanezco quieto con la vista fija en aquella imagen. Los estandartes de la Legión Ardiente caen al suelo y se apagan bajo mis pies, mientras, mis dedos aplastan aquel tejido. Como esperaba, era reciente. No era un estandarte colocado durante la guerra a modo de marcaje del territorio, sino que estaba puesto para indicar lo evidente: los Nocheeterna se habían aliado con la Horda.  Entonces, las imágenes de la guerra en Pandaria inundan la mente de una máquina de guerra con nombre: gritos de odio y sufrimiento al ritmo de los tambores, los disparos y el fuego consumiéndolo todo a su paso.

Una rama se rompe cerca de mí e instintivamente prendo en llamas mi armadura. La criatura parece asustarse, pero no huye. La oigo respirar, y ella me oye a mí. Me ve, y yo la veo a ella. Me resultaba hasta extraño no haber espantado a aquella niña nocheeterna. Me pregunta si soy de la Alianza y me río. Su voz no escondía miedo, sino la absurda confusión de perderse en mar abierto sabiendo que cualquier cosa puede estar ocurriendo debajo de ti. Miro a mi alrededor por si hay alguien más, pero me encuentro solo. Habría resultado peligroso que me relacionaran con el enemigo ahora que, aunque no era parte de la Horda, sí se me consideraba un aliado de algunos de sus chamanes. Gruño y el fuego brota de mi yelmo intentando asustarla, pero ella permanece expectante. Entonces doy por perdidos mis intentos de espantarla y niego. No soy de la Alianza.

Me pregunta si ella lo es y, lejos de reírme, me paro a pensar en ello. Ella era más Horda que yo y ya nada cambiaría eso. Siento la necesidad de subyugarla, corromperla y decirle que huya; que se marche lejos siendo halcón inferno con la piadosa oportunidad de responder que no a esa pregunta. Entonces asiento, pero mis palabras no se someten a mi pensamiento y le dicen que es una Nocheeterna; que no importa quién firme la espada que tarde o temprano llevará. No importa lo débil que te veas estando solo. Si cedes un segundo, si te ven dudar; si te ven diferente te marcarán para siempre. Le enseño mis cadenas y ella no ve sólo mis manos. Eso es algo a lo que no estoy habituado.

Me pregunta si eso me lo ha hecho la Horda. ¿Qué responder a eso? Prendo en llamas mis manos y las coloco sobre mi pecho. Las cenizas vuelan con el movimiento. Mi dedo índice se desliza sobre mi armazón y deja al descubierto la gran brecha vertical en el centro del torso. Ah…, mi primera muerte. Entonces me limito a responder señalando el culpable: la guerra. No se asusta. Sueldo la armadura y cierro la herida, y ella parece querer acercarse. Mi espada, Nar’Betha, no se altera. Mis metálicas manos se cubren de llamas precediendo al resto de mi armadura. No quería hacerle daño, tan sólo asustarla. Vuela, pequeña. Huye de aquí, de mí; de ellos. Pero ignora mi aspecto y se acerca. Esconde tras su espalda su mano derecha; en la otra, una muñeca. No tengo intención de reducir a cenizas su única compañía, así que ceso a mi voluntad el fuego de mi cuerpo. Las cenizas vuelan, la cubren y tose. Se lleva las manos a la cara y retrocedo unos pasos. Su mano derecha había sido amputada. Le pregunto quién le ha hecho eso. Sentía que si, en ese momento, hubiera señalado a cualquier criatura cercana, me habría lanzado para despedazar a tal objetivo. Ella niega con la cabeza. Insisto. Le pregunto si ha sido cosa de la Alianza y vuelve a negar. Mira su muñeca y me doy cuenta de que le falta un brazo de trapo. Entonces responde: la guerra. Y con esto me calla.

¿Tienen ellos excusa? La esperanza de los elementales reside en nuestra incesante inestabilidad y en el saber que no existirá perdón mientras podamos renacer. Pero ¿dónde reside su esperanza? ¿Qué tan mansa puede llegar a ser una paz que se consigue atormentando la mente de los vencedores y los vencidos? Yo no entiendo mucho de somnolencias, pero estoy seguro de que muchos preferirían dormir a matar. El consuelo de recoger reposa en el brote. El consuelo de dos elementales peleando a muerte reposa en una revancha más intensa. El consuelo de los mortales reposa en el orgullo y su venganza. Y nunca habrá una venganza que calme a quienes ya no existen. ¿Dónde están ellos ahora? ¿De qué les sirvió apartar su naturaleza si pidieron ayuda antes de morir?

¿Será que desconocen qué son realmente? Yo, que me he adjudicado identidades opuestas a mí, que me he creído mortal, máquina y aberración, y sin embargo respondo a un nombre en kalimag, he aprendido de la peor manera lo que soy. He caminado con insistencia tras una respuesta lejos de mí y he comprobado en cada intento el turbio sabor de una derrota vacía; he cambiado por monedas y oportunidades armas que no elegí, y he calentado pieles frías que se perdieron ante mí con la decepción de saber que yo era diferente. Sólo soy una amalgama de fuego y metal que responde con la ilusión de un niño orco si le preguntas si quiere venir. ¿A dónde? Eso no importa. Sé lo que soy, conozco mis más y mis menos, y no tengo intención de cambiarlo ahora que entiendo mis límites.

Por supuesto, entre ellos también hay cazadores de sus propios destinos con más respuestas que yo y más razones para saltar al mar. Pero, en una facción donde la palabra héroe carece de sentido por la reacia y cínica responsabilidad que conlleva, resulta hasta lógico perderse en la primera batalla que se te cruce. Rendirse a una locura justificada y dar reposo y digno respeto a los muertos por el mero hecho de no tener tiempo para ensañarse con el cuerpo.

Me pide que no me vaya. Quiere que me quede. Dice que me ve como una luciérnaga gigante; que no me ha visto combatir, pero que seguro que soy invencible. Y no hay ímpetu ni ansia en su tono, sino esperanza, como si yo fuera una respuesta. Y ahí se descubre su naturaleza: me ve como un escudo. Siempre vistiendo el disfraz de monstruo o de arma de guerra. No digo nada y me dispongo a irme. Entonces me lanza su muñeco a los pies. Mi armadura había abrazado balas, flechas, rocas y metralla de todo tipo, pero aquello había dolido más que el oleaje. La veo marchar, llorando, alejándose de mí. Cómo me habría gustado apagarme en ese momento. Reducirme a cenizas por dentro y no ser nada. Ni amigo. Ni enemigo. Nada.

[LSDLA] Capítulo 2: Caen las sombras (tercera parte)

¡Y al fin terminamos el Capítulo 2 de Caen las Sombras!
Han sido muchos sonidos para poderos sumergir en el relato, un gran trabajo por parte de los actores y un esfuerzo narrativo, donde se espera poder tocar vuestras emociones.
Como dijo Arthas a Sylvanas, aunque con cierta modificación:

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“Escuchad la caída de la última barrera élfica”

«La sangre de los altonato». Capítulo 2: caen las Sombras (segunda parte).

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REPARTO (por orden de aparición).

Narración: Miriam Gigante.
Liadrin: Desiree Álvarez.
Vandellor: Ricky Delgado.
Bel’ovir: JC Sánchez.
Arthas: Cosme Uriaguereca
Sylvanas: Nicole Rodríguez.
Halduron: Daniel Gudiel.
Kelthuzad: Sergio
Dar’khan: Ángel Candela
Anasterian: Rafa Santos
Voces Adicionales: Eloísa Peguero. David Muñohierro, Beatriz Peñas, Jose Luis García, Alejandro Robledo, Noemi Berna, Jose Manuel Teira.
Dirección: Miriam Gigante.
Edición de sonido: Miriam Gigante.