2º Ganador VIDA por Fernando Castro

Villadorada. Un pequeño pueblo que se alza orgulloso como el león de nuestro estandarte en un rincón del Bosque de Elwynn. Casas pequeñas de modestas volutas de humo que escapan por las chimeneas de piedra al caer la noche, con senderos a menudo transitados por los aguerridos soldados de Ventormenta cuando patrullan el bosque, mercaderes que van y vienen con sus miles de extraños y fascinantes artículos y sus aún más extrañas y fascinantes historias, y los intrépidos aventureros que hacen de la exploración y el heroísmo ocasional su modo de vida. El susurro de las hojas con el viento que baja de las montañas Crestagrana hasta los Páramos de Poniente, donde se aleja mar adentro… El repiqueteo del martillo del herrero contra su yunque, atareado en su cálida forja en la que a menudo permite que los vagabundos se hospeden en los meses más fríos… Los gritos de los vendedores que anuncian a los interesados lugareños sus ofertas con el deseo de intercambiar telas y especias por los pocos cobres y plateadas que se han ahorrado para la ocasión…

Mi hogar.

Soy una niña, apenas en el albor de mi vida. Me siento en el porche con mi madre a coser bajo la luz de la mañana, aprovechando una de tantas ocasiones que se me brindan para asistirla en su trabajo. El roce de la tela contra mis yemas y la satisfacción de un trabajo bien hecho siempre consiguen poner una sonrisa en mi rostro, más incluso que el cansancio tras un buen día de jugar al escondite con mis amigos o las fascinantes historias que comparten los viajeros en la taberna. Más incluso que la frescura del río al meter los pies en él, o que la orgullosa mirada de mi padre al dominar un nuevo hechizo que intentara enseñarme. Más incluso que perseguir a las crías de murloc con los demás zagales del pueblo, o el trepar a los árboles y jugar a la guerra mientras defendemos un bastión imaginario de las hordas de orcos que pretenden quemarlo. Nada podía compararse con aquello.

            -Lirena…-oigo que dice mi madre, y detengo mi aguja lo justo para evitar clavármela en el dedo. Pálidas marcas en mi yema son el recordatorio de lo mucho que me costó asimilar esa lección-…, ven, mira esto.

Dejo a un lado el pantalón a medio zurcir y atravieso el porche hasta reunirme con ella. Sentada en los escalones, dispone su regazo a modo de cálido trono para que me siente en él, apoyando mi espalda contra su pecho. Sus brazos, delgados aunque firmes, no tardan en rodearme al tiempo que disponen ante mí la pieza en la que mi madre andaba trabajando.

Es…precioso. Se trata de un majestuoso encaje azul y dorado, con un magnífico bordado del león de Ventormenta rugiendo altivo y orgulloso como solo un animal de su categoría podría hacer. Asombrada, casi con reverencia, paso mi pequeño dedo por las detalladas facciones del animal, tratando de convencer a mi enmudecida niña interior que aquello seguía siendo solo tela e hilo, no alguna clase de místico portal que hubiera encerrado, de algún modo, a semejante bestia en aquel pequeño habitáculo.

No digo nada. No puedo hacerlo. La complejidad de aquella pieza me deja boquiabierta, y solo la risa de mi madre me despierta del trance en el que me ha puesto como si de una hipnotizadora se tratara. Avergonzada, retiro la mano.

            -¡Ah! Esto…yo no, yo…-trato de decir, pero las palabras y disculpas de mi mente salen fragmentadas y débiles al pasar mis labios. ¿Cómo he podido ser tan desconsiderada? Aquella era una obra de mi madre, la mejor que había hecho en mucho tiempo… ¿cómo se me ocurría toquetearla con mis torpes dedos de aprendiz? De no haberse reído, pensaría que mi madre se había molestado por mi inconsciente acción de niña boba, y su mano sobre mi cabeza no hace más que acrecentar mi rubor-…lo siento.

            -No lo sientas, mi vida. Tu asombro me halaga, la verdad. ¿Tan bien crees que me ha salido?

            -¡Por supuesto! Quiero decir… ¡es precioso! ¡Es…es…!

No sé qué decir. ¿Qué palabra pronunciada por una niña pequeña que apenas conocía nada fuera de los límites del bosque haría justicia a semejante obra de arte? Aquella pieza merecía estar expuesta en el salón del más alto noble de la capital, no en la entrada de una pequeña casucha perdida en el bosque, y desde luego no se merecía que la estropeara con mis torpes y regordetes dedos. A pesar de todo, mi madre sigue sin regañarme ni recriminarme nada. En su lugar, deja el encaje sobre mi regazo y toma mis manos con las suyas. Parecen menudas en comparación, sus dedos largos y delgados con las yemas endurecidas tras toda una vida de enhebrar agujas y trabajar telas. Aquellas manos hacían tantas cosas increíbles: cosían, cocinaban, lavaban, bordaban, contaban, repiqueteaban y cogían con ternura… Y, a pesar de ello, tomaban en esos instantes mis manos como si de delicados tesoros se trataran, como si pretendiera escudar con su propia carne mis pequeñas manos de los peligros del mundo exterior.

Cálidas. Conocidas. Amables. Las manos de mi madre siempre me habían fascinado, y rezaba a la Luz por poseer algún día ni que fuera una pequeña parte de su gracia y belleza. Claro estaba que no la poseía entonces, torpes y acostumbradas a sufrir los dolores que mis errores me provocaban a menudo, ya fueran pinchazos de agujas o chispazos de maná.

            -Si quieres, te puedo enseñar a bordar. Estoy segura de que aprenderías lo más esencial en poco tiempo-oigo que me dice mi madre, apoyando su rostro sobre mi cabeza. Siento su respiración contra mi larga cabellera, envolviéndome por detrás con sus brazos en un cálido abrazo. Los nervios y la tensión desaparecen en mí, para ser sustituidos por la siempre conocida duda que a menudo me embargaba cuando alguno de mis progenitores intentaba enseñarme algo nuevo.

            -… ¿para qué?-digo, con un hilo de voz-. No soy tan buena. Aunque lo intente…, jamás haré nada tan bonito como esto.

Mi madre no dice nada, aunque sé que algo le ronda la mente. Yo bajo la mirada hacia el bordado y trato de aceptar que aquello será lo más cercanos que estaré de crear nada parecido. No me veo haciendo nada semejante, nada tan precioso o esplendoroso como aquel complejo encaje. Yo… solo soy yo. Coso normal, cocino normal, limpio normal… Solo soy una chica normal. No soy como mi madre. Ella es especial. Cuando cose, hace maravillas. Cuando cocina, hace manjares. Cuando limpia, hace virguerías. Yo no. Yo solo soy…normal.

Comparo nuestras manos, mis dedos cortos y torpes contra sus dedos largos de maestra costurera. Mi palma, rolliza y pequeña, contra la suya, cálida y delicada. Mis yemas, débiles y plagadas de marcas de pinchazos, contra las suyas callosas y experimentadas. Casi me da vergüenza pensar en compararme con mi madre, y me entristece saber que nunca podré hacer nada como aquello, por mucho que ella así lo quiera.

Siento cómo aprieta su agarre sobre mis manos, y su calidez me saca de cual sea el pensamiento que me ronde la mente. Sin alzar la mirada, sé que sus ojos están fijos en mí.

            -Mi vida… No quiero que hagas algo tan bonito como esto-me dice, y siento como el pesar me embarga. Es comprensible. Si yo intentara hacer algo así, seguramente me saliera tan mal que…-. Lo que yo quiero, es que algún día seas capaz de hacer algo incluso más bonito que mi bordado.

            -¿Qué?-Sueno confusa. No es para menos. ¿Yo, superando esto? Antes lograría entender las estrambóticas lecciones mágicas de mi padre.

            -Mira, Lirena-me dice mamá. Su atención me guía hasta nuestras manos, todavía juntas-. ¿Qué ves?

            -Veo… ¿mis manos? -digo, algo extrañada. No entiendo qué me intenta decir.

            -¿Algo más?

            -Y… las tuyas-sigo diciendo-. ¿Nuestras manos?

            -Exacto. ¿Te parecen iguales? -Niego con la cabeza, demasiado ocupada con tratar de entender de qué va todo aquello como para responder-. Entonces, si no son iguales, ¿cómo esperas que hagamos las mismas cosas? Mis manos pueden hacer las cosas de un modo, y tú las harás de otro muy distinto, y eso no es malo. Significa que, aunque yo te enseñe cómo hacer una cosa, tú hallarás el modo de hacerlo a tu propia manera, única y especial. Este bordado, este tan bonito, es uno que me enseñó mi madre hace ya muchos años-me cuenta-, y aunque intenté replicarlo muchas veces, nunca me acabó de salir bien. ¿Sabes lo que hice?

Niego con la cabeza, de nuevo confundida. ¿Hubo un tiempo en que mamá también fue torpe?

            -Dejé de intentar imitarla. Aprendí a hacer las cosas a mi manera, y hallé mi propio modo. Y cuando eso pasó, tu madre comparó nuestros bordados, y dijo que el mío era mucho mejor que el suyo-dijo, con una sonrisa en sus labios-. Algún día, Lirena, tú también encontrarás tu propio modo de hacer las cosas. Algún día, mi vida, descubrirás todo el poder que esconden tus manos. Y cuando eso pase, descubrirás también las maravillas que estas…-recalca, dándome un suave apretón en las manos-… son capaces de hacer.

Sus palabras me dejan sin habla. Mis manos, tan pequeñas y débiles… ¿realmente podían ser capaces, algún día, de hacer lo que ella decía?

            -… ¿crees…?-trato de decir, algo intimidada ante la idea de, algún día, ser capaz de tanto-. ¿…crees realmente que puedo hacerlo?

Sonríe, y estrecha aún más su abrazo. Su calidez me arropa como una mañana de verano, barriendo cualquier rastro de duda o incertidumbre de mi interior. Durante un instante, la seguridad y la calma que mi madre me transmite serenan mi mente y me arropan como a un recién nacido.

            -No lo creo, mi vida. Lo sé-me asegura-. Tú eres mi hija, mi pequeña y dulce hija, y sé que algún día maravillarás al mundo con lo que tus manos serán capaces de hacer.

Sonrío. Me cuesta decir de dónde viene esa alegría, pero sé que está en mi en cuanto oigo la seguridad con la que mi madre habla de mi futuro. Por primera vez en mucho tiempo, miro mis manos y ya no veo las torpes manos de una aprendiz de sastre y maga, mala para coser y para conjurar hechizos. Por primera vez, veo una promesa, una promesa de un misterioso porvenir que alcanzar por mi misma y la esperanza de cuanto podía llegar a hacer algún día. Sí, era la hija de mi madre, la hija de mi padre, y el orgullo de ambos. Si tan extraordinarias personas podían llegar a creer en mi como lo hacían ellos, ¿quién era yo para decirles que se equivocaban?

Yo… lo haría. Lo haría, de algún modo. Respondería a sus expectativas, y descubriría si realmente podía llegar a ser tan grande como mi madre pensaba que podía ser. Tomaría mi futuro, y le daría forma con mis propias manos.

Con mis propias manos, a mi propio modo.

Mis manos… mis manos…

¿Qué…qué les ha pasado… ¡a mis manos!?

Piel pálida y quebradiza. Carne tan delgada que se pega al hueso. Dedos sin rastro alguno de piel que los cubra, terminados en espantosas garras óseas.

Estas…estas no son mis manos. Mis manos… ¿Qué…dónde…?

Aparto las manos, y el gris cielo de tormenta se abre ante mi desde donde me hayo estirado, en lo más profundo de… ¿un agujero? ¿Dónde…dónde estoy? Siento temblar todo mi cuerpo, pero no siento frío alguno cuando las primeras gotas de lluvia tocan mi piel. De hecho, casi ni siento las gotas. Es más…

…no siento nada.

¿Dónde…?

Una luz se abre paso entre las tinieblas, y una figura aparece en el límite de mi visión. El horror del extraño monstruo que aparece farol en mano es suficiente para hacerme chillar espantada, un grito instintivo que por alguna razón no reconozco. Mi voz… suena rasposa, como si hiciera una eternidad que no bebo agua. Debería dolerme la garganta, pero… no siento nada.

Trato de retroceder cuanto puedo, pero la tierra limita mi huida. Trato de hacerme todo lo pequeña que puedo en la esquina más apartada de mi extraño refugio, pero el monstruo no hace el intento de ir a por mí. Tan solo me alumbra con su farol, y me mira con ojos carentes de vida o interés.

            -Esta ya está despierta-le oigo decir, con su cavernosa y espantosa voz. ¿Cómo puede algo así, que parece un hombre más muerto que vivo, existir tan cerca de mí? No sé qué clase de espantosa pesadilla es, pero ardo en deseos de despertar pronto-. Arriba con ella.

Manos aparecen desde fuera de mi campo visual, y me agarran de los brazos y la ropa antes de que pueda apartarme. Lucho y grito todo cuanto puedo, pero no consigo escapar. Tiran de mí, y…

El bosque de Elwynn. Fuera de la seguridad del camino. Mi cesta, tirada a un lado del mismo, los últimos pedidos acabados desperdigados por el fango y la mugre.

Pataleo contra el suelo mientras las manos de aquel hombre me sujetan contra el suelo. Otro me tapa la boca, y mis gritos quedan ahogados contra su sucia palma. Las lágrimas nublan mi vista, pero distingo las sonrisas cargadas de aviesas intenciones que portan.

El corazón me late muy deprisa. No puedo pensar. No puedo moverme. Tan solo puedo…

Luchar.

Las manos me sueltan. ¿Qué ha sido eso? ¿Ha sido…una visión? ¿Un recuerdo? El bosque… sí, recuerdo el bosque. Estaba… estaba… Duele, mi cabeza duele cuando trato de hacer memoria. Mis manos, tan inhumanas como los monstruos que me han sacado al descubierto, se agarran a mi cabeza mientras trato de esclarecer qué ha ocurrido. Estaba…estaba en el bosque, y… Salieron de la nada. Dos hombres. Me…sacaron del camino, y…y…

Alguien se planta ante mí. Alzo la mirada, y contemplo en todo su esplendor al horror no-muerto en armadura que enmudece mis pensamientos. El asco que me provoca ver su lengua colgando a falta de una mandíbula en su rostro no consigue revolverme el estómago, cosa que me extraña más que el hecho de que ni él ni las criaturas que lo acompañan hayan hecho el menor intento por acabar conmigo. Dos manos me toman por los hombros y me cuadran con un respingo, demasiado sorprendida por los repentinos y consecutivos sucesos como para pensar en otra cosa que el miedo que siento en ese instante. Se acerca a mi rostro, el brillante farol de su compañero cegando uno de mis ojos mientras el otro contempla aterrado los amarillos orbes de aquel ser.

            -Hmmm…-murmura, su voz el roce de dos ásperas rocas-. Bien conservada. No hay agujeros de gusano, ni está demasiado podrida-. Sus ojos me revisan de arriba abajo como si pudieran ver por debajo de mi vestido. No me cubro con las manos porque estoy demasiado asustada como para pensar en moverme siquiera-. Siempre podríamos sacar buenas piezas de esta… Hmmm…-Se planta de nuevo ante mí, y lleva su podrida mano a mi rostro. Me quedo quieta como una estatua, mientras el dedo de aquel “hombre” mueve para abajo mi párpado izquierdo-…bueno. Un poco pequeño, pero servirá. A ver la boca…-Para mayor horror mío, su pulgar se abre paso entre mis paralizados labios y me baja la mandíbula. Aquel dedo, más hueso que carne, revela el interior de mi boca para el escrutinio de aquel monstruo, y mi enmudecida garganta de la cual tan solo sale un tenue quejido. Después de lo que parece una eternidad, se aparta de mi-. Bien, bien… Veamos el siguiente.

Camina a un lado mío, y ambos hombres desaparecen de mi campo visual. Sin la brillante luz cegándome, veo por fin el lugar dónde me encuentro. Allá donde alcanza mi mirada, más y más tumbas ocupan cada rincón de terreno disponible como si de simples matojos se trataran, todas blancas y grises y claramente destacadas contra la oscura hierba del pasto que las rodea. Extrañas figuras caminan entre ellas, algunas con sus propios faroles en las manos, y otras cubiertas por las sombras de la noche y la tormenta, no menos siniestras que aquellas que mis ojos alcanzan a distinguir. A lo lejos, un oscuro bosque marca los límites de lo que puedo ver, tan denso e infranqueable como un muro.

Con temblorosa lentitud, giro mi cabeza para seguir a quien con tan poco cuidado me ha examinado como a un caballo recién comprado. A mi lado, en un estado no mejor que el mío, se encuentra un hombre en quien no había reparado hasta el momento, vestido con un raído traje oscuro y de piel tan pálida como el papel. Sus ojos, dorados como los del ser que en esos momentos le doblaba el brazo arriba y abajo como un simple cachivache gnómico, observan su huesuda extremidad con clara expresión de horror, seguramente una idéntica a la que yo debía de lucir en esos instantes. Más allá, ocultos entre las sombras, creo distinguir otras tantas figuras que parecen aguardar con solo su brillante mirada a destacar en las tinieblas a que los dos no-muertos reparen en ellos.

No puedo evitarlo. El miedo paraliza mi mente, y obstruye cualquier clase de pensamiento racional. Mis piernas no se mueven cuando pienso en correr. Mis rodillas no ceden cuando el valor me abandona. Mis manos no responden cuando les pido que dejen de temblar. En cambio, mi voz no se detiene cuando le suplico que guarde silencio, y lanzo una pregunta de la que sé que acabaré arrepintiéndome.

            -Ehm… Per…perdone-digo, mi voz lastimera y rota. El de la armadura me ignora, pero el tipo del farol desvía su atención hacia mí, haciendo que lamente pronto mi temerario atrevimiento-. Ehm… Yo…

            -¿Qué, qué pasa? ¿Nos ves que estamos ocupados?

            -Oh, ehm… Yo…q-quería, yo…

            -Habla claro, maldita sea. No me sobra el tiempo para intentar entender tus balbuceos-me recrimina, a malas, mientras da un paso en mi dirección. Mis piernas, cobrando vida de nuevo, retroceden por instinto.

Las preguntas se atoran en mi garganta, luchando por salir todas a la vez. ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué me va a pasar? Sin embargo, la que finalmente consigue pasar el bloqueo y articularse en mis labios es, tal vez, la última pregunta que esperaría formularle a un cadáver ambulante que hubiera conocido en una oscura noche de tormenta.

            -… ¿qué han querido…decir con que es…”un poco pequeño”?-pregunto, señalando brevemente mi ojo. Mentalmente, no tardo en recriminarme lo estúpido de mi acción, preguntando semejante tontería a un…un…”algo” como él. ¿Pero cómo se me ocurre? La sorpresa de mi propia temeridad solo se ve eclipsada por la sorpresa de recibir, contra todo pronóstico, una respuesta por parte del hombre del farol.

            -Ah, sí. Ha sido un auténtico fastidio buscarte un recambio para ese ojo tuyo-comenta, casi con hastío-. No tenía de tu talla, así que tendrás que contentarte con ese que tenía por ahí. Procura no darte golpes en la cabeza, o se te caerá. Da las gracias…, o no, tanto me da.

Sin añadir nada más, sigue su macabra inspección mientras me deja más confusa que antes de responder a mí pregunta. ¿”Recambio”? ¿”Ojo”? ¿”Caer”? ¿Qué…qué significaba todo eso? ¿Es que acaso…acaso…?

No. No, no, no. No es posible. No puede ser… es imposible que… Pero… eso significaría que…

Cubro mi ojo izquierdo con la mano, y agacho la cabeza. No quiero creerlo. No quiero pensar siquiera que puede ser cierto. Y, a su vez, no puedo evitar sentir que debo probar si es verdad o no. Antes de que pueda pensármelo dos veces o dudar, me doy un par de golpes en la parte de atrás de la cabeza, preocupada por si me dolerá mucho o no, y descubriendo anonadada que apenas siento nada a pesar de aumentar la intensidad.

Algo toca mi palma. Algo…pequeño, y húmedo. Retirando la mano, rezo a cada dios que exista en todo el largo y ancho mundo porque me equivoque, porque no sea más que una fantasía mía, o alguna alucinación demasiado vivida. Sin embargo, a medida que mi mano se aparta de mi rostro, no puedo sino contemplar enmudecida por el horror y la consternación la cruda realidad.

Lucho.

Pataleo y me retuerzo todo lo que puedo. Me desgañito tratando de chillar, y muerdo a la primera oportunidad que se me brinda. La mano, dañada, deja mi boca, y por fin puedo gritar a pleno pulmón. Una mano que me aprisiona trata de amordazarme de nuevo, pero al hacerlo libera mi brazo. No tardo en invocar una pequeña bola de fuego, con la que golpeo el rostro de mi captor. Los nervios y el pánico disminuyen mi poder, por lo que tan solo consigo chamuscarlo un poco antes de que se recupere.

En su mirada, donde antes solo había habido lujuria y gozo, ahora veo la más cruel de las intenciones. Lejos quedan el bosque y el cielo nocturno, eclipsados por la furia de aquella mirada.

Casi no veo cómo desenfunda su daga, o cómo la alza por encima de su cabeza, o cómo esta baja velozmente hacia mi rostro. Casi no lo veo…

Pero lo siento.

Veo…mi rostro. Mi cara, antes tan familiar en el reflejo del espejo o el agua, y a su vez tan cambiada. Pálida faz, congelada en una expresión de espanto y terror ante la visión de aquella nueva faceta de mi pesadilla. Un ojo dorado, observando desorbitado al pequeño orbe grisáceo de mi mano, acompañado por las sombras de mi otra cuenca, ahora vacía. Mis cabellos, antes lacios y oscuros, ahora parecen sucios y violáceos, más como hebras podridas de olvidado tejido que no el cabello que tantas veces peinó mi madre en mi juventud.

Quiero chillar, pero no puedo. Quiero apartar la mirada, pero me es imposible. Tan solo puedo permanecer allí, temblando por algo más profundo que el frío que no siento, mientras el horror de la verdad se abre para mí de par en par.

No veo más que oscuridad. Las sombras invaden la mitad de mi visión, y poco a poco empiezan a extenderse por el cielo sobre mí. Puedo…sentirla. Siento ese trozo de metal, increíblemente frío, clavado en mi cabeza. Duele…duele tanto que nada más ocupa mi mente que el deseo de sacarme ese metal del cuerpo, pero no puedo moverme. Nunca antes he deseado tanto moverme como en ese instante, y nunca antes había comprobado con más frustración que no podía. Mis piernas…no las siento. Mi cuerpo…está cada vez más frío. Noto en mi espalda cómo la sangre empapa mi vestido, y nada puedo hacer para remediarlo salvo quedarme allí, tendida, a esperar que las sombras ocupen el lugar de las estrellas.

Mi mano… Como si de un milagro se tratara, muevo la mano. Se alza, temblorosa, como si pretendiera tomar la daga que me arrebata la vida a cada segundo que pasa, pero sé que las fuerzas no me llegarán para tanto. Por instinto, tal vez, se alza en un intento de tomar algo más valioso para mí.

Luz. La luz de las estrellas. Son…preciosas.

Quisiera…Quisiera tomarlas. Quisiera…que iluminaran las sombras. Ya…casi no las veo. ¿Dónde…dónde están…?

Las…estrellas…

Solo veo mi mano, tragada por las sombras, y luego…

Nada.

Yo, Lirena Campoyermo…, estoy muerta.

No. Estaba muerta.

Ahora…soy una Renegada.

Flormarchita. Ese es mi nombre ahora.

Y nunca pensé que mi vida sería esto ahora.

De joven, aprendí que la violencia nunca era la solución para nada. Que resolver las cosas dialogando siempre era mucho mejor que hacerlo con las manos, que solo los matones y las malas personas veían en la lucha y en la destrucción un camino para resolver sus asuntos pendientes. Y yo lo creía, lo creía de verdad. Aborrecía la violencia, y todavía hoy día la aborrezco. Odio tener que mostrar mi lado malo. Odio tener que hacer daño a alguien. Odio tener que hacer con mis manos aquello que siempre aprendí a odiar y a evitar.

Y odio lo diestra que me he vuelto en ello con el paso de los años.

Una misión rutinaria, sencilla, casi cotidiana. Otro grupo de estúpidos que creen poder limpiar Trabalomas si destruyen nuestros asentamientos y queman a sus ocupantes ha estado pululando demasiado cerca de Costasur, y la Dama Oscura nos ha encargado que lidiemos con ellos antes de que las pérdidas se acumulen. Con ello, imagino que se imagina más a las fronteras impuestas por nuestros puestos de avanzada y el coste que supone el construirlos que no los Renegados que los ocupan. La Madre sabe bien que reponer efectivos no es un problema para la reina y sus Valkyr.

Me arrancan de mi puesto en Camposanto, y me hacen atravesar medio continente para…esto. A veces pienso si no habría sido mejor que me quedara en la capital, remendando camisas de orcos y tejiendo túnicas para los sin’dorei.

No. No, no puedo pensar de esta manera. La Santa Madre exige que estas almas sean purgadas para que así sus hijos puedan gozar tranquilos de sus bendiciones, y como sus humildes siervos, eso es exactamente lo que haremos. Gloria a la Madre en su infinita gracia y misericordia, que nos cuida y protege ahora y siempre en su frío abrazo.

Avanzamos desde el límite del perímetro. Al frente, por el camino entre los árboles, nuestra vanguardia se abre paso con los escudos en alto, chocando pronto contra los sorprendidos vigías, que seguramente no esperaban nuestra llegada desde el este. Detrás, con los arcos preparados, nuestras forestales acaban con aquellos que intentan escapar del ataque, obligándoles a quedarse y luchar. El entrechocar de acero contra acero, los gritos y órdenes lanzados al aire, y los alaridos de dolor no tardan en extenderse por el antes tranquilo campamento.

Luego, cuando parece que la lucha ha llegado a un punto muerto, llego yo.

Me abro paso por detrás, por entre las tiendas. Un toque de mis dedos, marcadas las falanges para que así puedan sostener mis queridas agujas, basta para prender las telas baratas y reclamar la atención de los más rezagados. La atención de los defensores se desvía hacia mí, permitiendo a mis compañeros empujar su línea de defensa. Poco a poco, les obligamos a retroceder hacia el centro del campamento, lejos de árboles y demás obstáculos que pudieran utilizar como barricadas.

Uno de los intrusos carga hacia mí. Espada en mano, se abalanza sobre mí con la ferocidad de alguien que espera vencer rápidamente. No es para menos, ya que seguramente no me ve como una amenaza. Una sencilla túnica negra, una bolsa en el cinturón, y ni una sola arma en mi ser. En teoría, no debería de poder ni arañarlo con mis garras, mucho menos atravesar la coraza que cubre su pecho.

En teoría, claro.

Para cuando alza su espada, la hoja presta para segar mi cabeza, yo ya he dispuesto mis dedos. Apenas tengo que pensar demasiado en lo que estoy haciendo. ¿Cuántas veces habré hecho lo mismo? ¿Cuántas veces habré vivido esa misma experiencia? Un breve momento de concentración, un seco chasquido de mis falanges, y un brillante cuerpo ardiente ante mis ojos. El pobre infeliz se prende en llamas con un estallido, desviando su carrera y cayendo a mi lado sin tocarme. Grita, humea, se retuerce de dolor mientras literalmente se cuece en su propia armadura, incapaz de quitársela a medida que hierro y carne se funden en uno.

No le miro. Las primeras veces miraba, ya fuera por la incredulidad de lo que había hecho, el sentimiento de culpabilidad ante el dolor que infligía, o tal vez por simple morbosidad, fascinada con lo que mi adiestramiento con los Renegados me permitía hacer. Pero ya no. Han sido ya muchos cuerpos, y ya nada me hacen sentir. Ya nada significan. Otra alma que envío al Vacío, para ser juzgada por la Madre Sombra. Solo eso.

Mientras prosigo con mi amarga tarea, chasqueando mis dedos y convirtiendo a aquellos hombres en espantosas piras, no puedo evitar que una pequeña sonrisa se plasme en mi rostro. Hacer aquello no me aporta ningún placer, como ya he comprobado que es para un Renegado sentir auténtica felicidad, pero hay un sentimiento que la no-muerte no ha conseguido arrebatarme aún.

Plenitud. La satisfacción del deber cumplido. La alegría de acometer tu propósito con éxito, y ver cómo tus acciones cambian el mundo que te rodea.

La batalla dura poco. Nuestra vanguardia luce un par de mellas a modo de recordatorio de lo sucedido, pero eso sería todo. Para cuando nos marchemos, nada quedará aquí que pruebe que una vez hubieron hombres vivos o lo que nosotros les hicimos.

O, al menos, esa era la idea.

            -Hermana-dice uno de los guerreros, reclamando mi atención. Mi mente, abstraída con el rutinario rezo a la Madre Sombra, vuelve para centrarse en el gastado soldado-. Nuevas órdenes. Esto no puede repetirse. Hay que dejar un aviso…

Asiento. Tiene sentido. Si bien no somos precisamente difíciles de suplir, hasta los cementerios se agotan con el tiempo. Mejor prevenir que curar.

Miro más allá del soldado, y veo en qué consiste el “aviso”. Cuatro hombres, visiblemente aterrados, atados en el centro del campamento con sus espadas haciendo las veces de improvisadas estacas. A su alrededor, reunidos, los soldados y forestales de Entrañas me observan con sus dispares ojos.

Avanzo. Nada más verme, los humanos se revuelven e intentan escapar. Gimen, suplican, amenazan e incluso lloran, pero eso no detiene mis pasos. Como una singular misa que me encontrara oficiando, avanza la procesión hasta el dispuesto altar, con los cuatro corderos listos para ser sacrificados.

Es aquí, en el albor de la muerte de estos hombres, con el fuego en mis manos y el terror en sus rostros, que las palabras de mi madre cobran sentido una vez más para mí. Ella, al final, tenía razón.

Mis manos…son capaces de hacer cosas increíbles. Cosas bellas, que solo yo soy capaz de hacer. Mi propósito, mi deber, mi pasión y mi alegría…

Mientras mi fuego los inunda, las llamas lamiendo sus sudorosas pieles y arrancándoles estridentes alaridos de agonía, no puedo sino…

Maravillarme.

Mis manos… realmente crean maravillas. Maravillas de tela e hilo. Maravillas de fuego y muerte.

No puedo esperar a mostrarle al resto del mundo las maravillas que tengo por compartir con ellos.

Ojalá, pronto, pueda mostrárselas a mi madre también.

Las maravillas que su hija al fin puede crear…con mis propias manos.

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