1º ganador TIEMPO Y FUEGO por Archi

Nick: Archi

 

[Monólogo del Beth’lorac] Tiempo y Fuego

 

Hace milenios alguien lo dijo: las treguas son a la paz lo que el sueño es a la muerte. Yo poco entiendo de somnolencias, pero llevo un reguero de cenizas en mis manos y otro de sangre en mis pies. ¿Tienen ellos excusa? Mis manos queman los granos si las acerco al trigo; mi voz es un vaho de humo tóxico y mis pasos azotan la tranquilidad como una canción de guerra. Pero ellos fabrican armas y emplean los bastos conocimientos que ofrece la tierra en someter y saquear. He visto motas de sangre caer al agua y desaparecer, y también gotas de lluvia intentar fútilmente mezclarse con la sabia de los muertos. Y así como un antárbol no inicia un incendio, la guerra no debería ser cosa de quienes pueden morir.

La vida en las Islas Abruptas parecía haberse desvanecido. Las únicas hojas traídas por el viento estaban marchitas y se deshacían en las manos como lo hacía la arena de Tanaris. Si guardabas silencio unos instantes podías sentir el peso de tantas mentiras en cada segundo que transcurriera. Al mirar a un lado, algunos pueblos intentaban reconstruir lo que probablemente había sido su hogar, pero sólo encontrabas criaturas asustadas que trataban de comprender la realidad; darse cuenta de que estaban solos. Quienes les prometieron paz ahora estaban ocupados con otra guerra. Unos levantaban maderas y cuerdas, otros hachas y rifles; unos recogían alimento, otros cuerpos y dudas. Tanto silencio… Tan diferente… Hablar era como gritar en un templo, sólo que aquí los dioses parecían haberlos repudiado hacía eras.

Arrastro estandartes de la Legión Ardiente y les prendo fuego. A medida que encuentro más en mi camino, el fajo crece. Cuando terminan de arder los dejo caer. Entonces, a lo lejos puedo ver cómo algunas criaturas se acercan cuidadosas para empuñar aquellos mástiles como si fueran lanzas. Luego, las últimas criaturas consumidas por la vileza que deambulaban o se escondían son descubiertas y caen a manos de aquellos a quienes esclavizaron. Aquella dulce ironía embriagaba el aire. Existir parecía una ilusión debilitándose; cristales cayendo desde el torreón más alto de la capital.

Camino y camino por Azsuna y Val’shaarah. Sentía que allí había una guerra que aún no había terminado. Al llegar a una Suramar oscurecida por la noche continúo mi labor hasta detenerme frente otro estandarte. El imponente rojinegro símbolo de la Horda hondea delante de mí. Permanezco quieto con la vista fija en aquella imagen. Los estandartes de la Legión Ardiente caen al suelo y se apagan bajo mis pies, mientras, mis dedos aplastan aquel tejido. Como esperaba, era reciente. No era un estandarte colocado durante la guerra a modo de marcaje del territorio, sino que estaba puesto para indicar lo evidente: los Nocheeterna se habían aliado con la Horda.  Entonces, las imágenes de la guerra en Pandaria inundan la mente de una máquina de guerra con nombre: gritos de odio y sufrimiento al ritmo de los tambores, los disparos y el fuego consumiéndolo todo a su paso.

Una rama se rompe cerca de mí e instintivamente prendo en llamas mi armadura. La criatura parece asustarse, pero no huye. La oigo respirar, y ella me oye a mí. Me ve, y yo la veo a ella. Me resultaba hasta extraño no haber espantado a aquella niña nocheeterna. Me pregunta si soy de la Alianza y me río. Su voz no escondía miedo, sino la absurda confusión de perderse en mar abierto sabiendo que cualquier cosa puede estar ocurriendo debajo de ti. Miro a mi alrededor por si hay alguien más, pero me encuentro solo. Habría resultado peligroso que me relacionaran con el enemigo ahora que, aunque no era parte de la Horda, sí se me consideraba un aliado de algunos de sus chamanes. Gruño y el fuego brota de mi yelmo intentando asustarla, pero ella permanece expectante. Entonces doy por perdidos mis intentos de espantarla y niego. No soy de la Alianza.

Me pregunta si ella lo es y, lejos de reírme, me paro a pensar en ello. Ella era más Horda que yo y ya nada cambiaría eso. Siento la necesidad de subyugarla, corromperla y decirle que huya; que se marche lejos siendo halcón inferno con la piadosa oportunidad de responder que no a esa pregunta. Entonces asiento, pero mis palabras no se someten a mi pensamiento y le dicen que es una Nocheeterna; que no importa quién firme la espada que tarde o temprano llevará. No importa lo débil que te veas estando solo. Si cedes un segundo, si te ven dudar; si te ven diferente te marcarán para siempre. Le enseño mis cadenas y ella no ve sólo mis manos. Eso es algo a lo que no estoy habituado.

Me pregunta si eso me lo ha hecho la Horda. ¿Qué responder a eso? Prendo en llamas mis manos y las coloco sobre mi pecho. Las cenizas vuelan con el movimiento. Mi dedo índice se desliza sobre mi armazón y deja al descubierto la gran brecha vertical en el centro del torso. Ah…, mi primera muerte. Entonces me limito a responder señalando el culpable: la guerra. No se asusta. Sueldo la armadura y cierro la herida, y ella parece querer acercarse. Mi espada, Nar’Betha, no se altera. Mis metálicas manos se cubren de llamas precediendo al resto de mi armadura. No quería hacerle daño, tan sólo asustarla. Vuela, pequeña. Huye de aquí, de mí; de ellos. Pero ignora mi aspecto y se acerca. Esconde tras su espalda su mano derecha; en la otra, una muñeca. No tengo intención de reducir a cenizas su única compañía, así que ceso a mi voluntad el fuego de mi cuerpo. Las cenizas vuelan, la cubren y tose. Se lleva las manos a la cara y retrocedo unos pasos. Su mano derecha había sido amputada. Le pregunto quién le ha hecho eso. Sentía que si, en ese momento, hubiera señalado a cualquier criatura cercana, me habría lanzado para despedazar a tal objetivo. Ella niega con la cabeza. Insisto. Le pregunto si ha sido cosa de la Alianza y vuelve a negar. Mira su muñeca y me doy cuenta de que le falta un brazo de trapo. Entonces responde: la guerra. Y con esto me calla.

¿Tienen ellos excusa? La esperanza de los elementales reside en nuestra incesante inestabilidad y en el saber que no existirá perdón mientras podamos renacer. Pero ¿dónde reside su esperanza? ¿Qué tan mansa puede llegar a ser una paz que se consigue atormentando la mente de los vencedores y los vencidos? Yo no entiendo mucho de somnolencias, pero estoy seguro de que muchos preferirían dormir a matar. El consuelo de recoger reposa en el brote. El consuelo de dos elementales peleando a muerte reposa en una revancha más intensa. El consuelo de los mortales reposa en el orgullo y su venganza. Y nunca habrá una venganza que calme a quienes ya no existen. ¿Dónde están ellos ahora? ¿De qué les sirvió apartar su naturaleza si pidieron ayuda antes de morir?

¿Será que desconocen qué son realmente? Yo, que me he adjudicado identidades opuestas a mí, que me he creído mortal, máquina y aberración, y sin embargo respondo a un nombre en kalimag, he aprendido de la peor manera lo que soy. He caminado con insistencia tras una respuesta lejos de mí y he comprobado en cada intento el turbio sabor de una derrota vacía; he cambiado por monedas y oportunidades armas que no elegí, y he calentado pieles frías que se perdieron ante mí con la decepción de saber que yo era diferente. Sólo soy una amalgama de fuego y metal que responde con la ilusión de un niño orco si le preguntas si quiere venir. ¿A dónde? Eso no importa. Sé lo que soy, conozco mis más y mis menos, y no tengo intención de cambiarlo ahora que entiendo mis límites.

Por supuesto, entre ellos también hay cazadores de sus propios destinos con más respuestas que yo y más razones para saltar al mar. Pero, en una facción donde la palabra héroe carece de sentido por la reacia y cínica responsabilidad que conlleva, resulta hasta lógico perderse en la primera batalla que se te cruce. Rendirse a una locura justificada y dar reposo y digno respeto a los muertos por el mero hecho de no tener tiempo para ensañarse con el cuerpo.

Me pide que no me vaya. Quiere que me quede. Dice que me ve como una luciérnaga gigante; que no me ha visto combatir, pero que seguro que soy invencible. Y no hay ímpetu ni ansia en su tono, sino esperanza, como si yo fuera una respuesta. Y ahí se descubre su naturaleza: me ve como un escudo. Siempre vistiendo el disfraz de monstruo o de arma de guerra. No digo nada y me dispongo a irme. Entonces me lanza su muñeco a los pies. Mi armadura había abrazado balas, flechas, rocas y metralla de todo tipo, pero aquello había dolido más que el oleaje. La veo marchar, llorando, alejándose de mí. Cómo me habría gustado apagarme en ese momento. Reducirme a cenizas por dentro y no ser nada. Ni amigo. Ni enemigo. Nada.

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